«Bailarines voluntarios» para la final de la Champions: ¿«oportunidad o explotación?


El anuncio de la UEFA pidiendo «200 bailarines voluntarios» para la ceremonia de inauguración de la final de la Champions League en Madrid no hace más que constatar la pérdida de perspectiva de un deporte que solo mueve dinero en un sentido y muy poco valor ético. El mercado futbolístico y su entorno, que mueve miles de millones de euros cada temporada, considera que ese día es «una oportunidad única en la vida» poder participar como artista sin cobrar. Esto no va de oportunidades, sino de explotación, de falta de respeto; pero, sobre todo, va de tener la cabeza encima de los hombros y saber lo básico: qué es lo que está bien y qué es lo que está mal.

No sabía cómo encararlo (y en cierto modo aún sigo sin saberlo): si ponerme soez o deslizarme procaz. Me he decidido por lo segundo; más bien por motivo verborreico y generacional, y también por sentirme algo más segura apoyándome en la complicidad que reporta, después de algunos años, el resorte escrito, el que, por otra parte, igual me puede proporcionar algún que otro calificativo. Insisto en que solo es cuestión de jerga y un algo de excusa para aligerar el irritable enfado que me produce el hecho de que la UEFA Champions League haya divulgado una oferta para buscar «200 bailarines voluntarios» que participen gratuitamente en la ceremonia de apertura de la final de esta competición, que se celebrará en Madrid el 1 de junio. La oferta fue publicada (expiró el pasado día 2) en la página institucional Danza.es, que depende del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM). Bailarines en redes sociales, bloggers pero, sobre todo, la Confederación de Artistas y Trabajadores del Espectáculo (ConARTE) se hicieron con la información, pantallazos y enlace de la oferta, motivo por el cual ha trascendido públicamente para vergüenza de propios y extraños y de profundo hartazgo de un sector que apenas puede vivir de lo que aprende.

Me van a permitir que acuda a eso que llaman tauromaquia (para el mercadeo futbolístico nos viene que ni pintada), y les diga que los cabestros son los animales encargados de hacer una única cosa en los espectáculos taurinos: devolver a los corrales a los ejemplares que por la razón que sea, y tras la evaluación y consideración de un par de expertos, no puede continuar en el ruedo para plática, regocijo y salvaguarda del respetable; a saber: una deformidad, un defecto físico repentino o neurológico, un accidente, etc… Los cabestros son mansos y están educados solo para eso; vaya, que no piensan, solo saben hacer una cosa: devolverse a sí mismos.

Es complemente inaceptable que en 2019, veintiún siglos después de Cristo, una entidad de la magnitud de la UEFA, con el calado mediático y deportivo que proyecta a diario, se plantee (o sea, piense) que es buena idea buscar a 200 bailarines o personas vinculadas al mundo escénico para darles «una oportunidad única en la vida» (¡dios mío de mi vida!) y participar, «dos semanas de ensayos» mediante, en esta gran final, o gran cosa final, o final de la gran cosa; tómense esto último como un chascarrillo, o cómo ustedes quieran. Y que conste que respeto este deporte, sobre todo, eso que un día alguien bautizó delante de un micrófono en un mundial, allá en el siglo XX, como fútbol romántico; o, como yo prefiero llamarlo, fútbol bailado tan fluidamente bestial, ligado, las más de las veces, a la Canarinha, la selección de Brasil. Algunas épocas de esta selección fueron de pura danza, puro goce sobre verde, dicho sea de paso.

Así que, para empezar, esta oferta no es buena idea, ni siquiera se la puede considerar una idea, porque, primero de todo, no es ninguna una oferta, es tener una jeta como un piano de grande, y además disfrazarlo de oportunidad a través de la muy extendida componenda de dar visibilidad, de tener visibilidad, «que es lo que importa, sobre todo al principio»; una perversión que ha alcanzado en el mercado laboral español y aledaños cotas de verdadera vergüenza, y si no, recuérdese más de esto mismo para la última gala de los premios Goya: los bailarines también «eran» voluntarios, igual que algún que otro diseñador gráfico. Hay que tener cuajo.

Porque, por resultar, resulta hasta impúdico. Vamos, como se suele decir: pa mear y no echar gota. Y es de una desfachatez gigantesca querer disfrazar de oportunidad y colaboración lo que tampoco lo es: montar un gran show gratis para una final de fútbol, utilizando carne gratis en el mayor circo de la carne mejor pagada del mundo, no es de recibo. ¡Pero quién se entera de qué va esto! Se me escapa, sinceramente no lo entiendo. No tiene ningún sentido; no sé qué se piensa: carne que vale, carne que no vale. ¿En qué quedamos, la carne vale o no vale? ¿Cuántas categorías hay de carne?

Tampoco se puede confundir el sentido que tiene una colaboración, aunque puntual, con un trabajo mínimamente temporal, son dos cosas distintas que, si bien puede coincidir (por ejemplo, la ayuda exprofeso en un taller formativo o en una charla), otras tantas veces no son equiparables, y en este caso no lo son. Una intervención coreografiada de duración determinada, con sentido de presentación, ocio y entretenimiento en una ceremonia de apertura de una final de fútbol interplanetaria, no es una colaboración, es un trabajo mire por donde se mire. Y tan trabajo es (si me apuran, hasta cargadito de buenas dosis de responsabilidad) que se debe cobrar por él. Lo contrario es explotación, legalmente publicitada además. A eso también se le llama de otra forma.

La organización ConARTE y uno de los colectivos que la constituyen (la Asociación de Profesionales de la Danza en la Comunidad de Madrid) emitieron un comunicado denunciando la situación en Inspección de Trabajo, por considerar “indigna” la oferta, amén de que además puede incurrise en una posible situación irregular con dos centenares de voluntarios (ni más ni menos); voluntarios que deben pasar un casting, concentrarse y ensayar durante dos semanas. Ese comunicado también ha tenido su apoyo, respaldo y difusión en el Principado, a través de la Asociación de Profesionales de la Danza de Asturias, para quien este tipo de solicitudes representan «insulto y menoscabo de la capacidad profesional». Y tanto es así que «seguiremos reclamando a las instituciones públicas y privadas que exijan el cumplimiento de la legalidad laboral», porque «no podemos permitir que este tipo de malas prácticas se normalicen», según especifican en su texto.

La UEFA manejó en la temporada 2017/2018 ingresos por valor de más de 2.300 millones de euros. No es cuestión de elegir, es cuestión de preguntar: ustedes, señores millonarios de la uefa, qué son: ¿artistas del balompié o malos cabestros?

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