Sánchez: el vencedor obnubilado


Sánchez ganó las elecciones del pasado día 28 con la victoria más corta en el Congreso con la que un candidato va, presumiblemente, a ser investido en España presidente del Gobierno: 123 diputados, los mismos que Rajoy obtuvo en el 2015 y que acabaron, gracias al contumaz «no es no» del entonces líder socialista, en la repetición de los comicios.

Sin embargo, probablemente obnubilado por la incontenible felicidad de haber conseguido lo que quizá llegó a pensar que nunca lograría, el presidente en funciones parece no haber entendido cuál es la principal consecuencia del hecho de contar tan solo con el 35 % de los diputados de la Cámara baja de las Cortes Generales: sencillamente, que con ese único apoyo no es posible gobernar.

La sospecha de que Sánchez, o no es consciente de tal limitación (lo que sería malo), o confía en superarla sometiendo a chantajes sucesivos durante los cuatro años de la legislatura al PP, a Ciudadanos y a Podemos (lo que sería mucho peor), se confirma al observar el mal pie (la mala pata, en realidad) con la que el presidente en funciones ha comenzado a ejercer de presidente in pectore: con una cerrada defensa de la denominada geometría variable, que es más propia de un torero («dejadme solo») que del líder de una mayoría muy minoritaria; con una ronda presuntamente institucional de consultas con los dirigentes de los partidos nacionales que ha resultado ser una verdadera payasada; con la afirmación de que el PSOE no cederá a otro partido la presidencia del Congreso, a pesar de que exigió y logró en el 2015 que el PP se la cediese a un socialista; y, en fin, con el dedazo para nombrar a Iceta presidente del Senado, antes incluso de que el dirigente del PSC sea designado senador autonómico, y sin negociar con nadie un nombramiento que los socialistas catalanes no podrán sacar adelante solo con sus votos.

Tal comportamiento, que supera al de quien no tiene posibilidad de gobernar sin pactar todas y cada una de las decisiones que necesiten la autorización o el apoyo del Congreso, no puede acabar más que en un doloroso aterrizaje de Sánchez en la dura realidad. De hecho, sería suficiente con que el PP, Ciudadanos y Podemos se comportasen desde el día en que se constituyan las nuevas Cortes con la mitad de sectarismo y malos modos con que lo hizo Sánchez con el Gobierno en funciones del PP entre las elecciones del 2015 y el momento en que derrotado por su propio partido dejó el escaño en el Congreso, para que al líder socialista le aguarde un insoportable vía crucis.

La alternativa ante la que nos encontramos es, por ello, de temer: o un Gobierno del PSOE con un pacto de legislatura o en coalición junto a Podemos; o la ingobernabilidad más absoluta. Aunque Sánchez se negará a reconocerlo hasta después de los comicios del día 26, eso, señoras y señores, es lo que ha salido de las urnas.

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