La izquierda inquietante


Redacción

Es consolador que la izquierda haya superado en votos a la derecha en las últimas elecciones, y ello por dos razones preeminentes: una mejor cobertura social y una respuesta a VOX, que es la expansión del fascismo europeo en España.

Sin embargo, cabe preguntarse qué tipo de izquierda es el PSOE y Podemos (no escribo Unidas Podemos porque es una bofetada a la lengua, ni Unidos Podemos porque es una concesión meramente publicitaria de Pablo Iglesias a Alberto Garzón por haber liquidado a Izquierda Unida), partiendo de los fundamentos del socialismo clásico, el científico del siglo XIX que certificaron Marx y Engels, y en este punto me anclo en la teoría y repudio los horrores de los experimentos de las múltiples versiones comunistas, todavía vigentes en Cuba, Venezuela, Nicaragua…

En efecto, al contraponer la izquierda española con la europea del XIX, surge una alarma, un desasosiego. Pero ¿qué causa este estado? Por un lado, la servidumbre al populismo que cabalga sobre las redes sociales y los lobbies financieros de las mil caras que han hallado precisamente en las redes el ápeiron de Anaximandro, esa sustancia indeterminada que constituye el todo, y que en su traducción actual consiste es una sustancia vírica que infecta a los ciudadanos rápida y eficazmente, revertiendo su condición de ciudadanos en autómatas despóticos. Hemos entrado en la fase más agresiva de la ecolalia.

PSOE y Podemos, para estar en esta onda, o sea, para mercadear con los votos, se suman a las más irracionales ocurrencias, desde la Irene Montero con su «portavoza», hasta la muy grave utilización de reiterados insultos («franquistas» o «ultras», de anteponer los derechos colectivos a minorías realmente racistas; «machista», de hacer ver que la mujer y el hombre difieren biológicamente, lo que en absoluto, subrayo para los malintencionados, interfiere en la igualdad de derechos). El discrepante es, pues, destripado. Este populismo, inaceptable tanto para los socialistas científicos como para los utópicos, ha sido adoptado por nuestra izquierda bajo el arrollador nombre de «progresismo».

Pero, por otro lado, la impostura de nuestra izquierda respecto a sus fundadores adopta un tono desquiciante en lo concerniente al Estado. En efecto, los socialistas y comunistas tenían en el punto de mira de sus demonios a Bismarck, que era el reverso del proletariado, y, sin embargo, le dieron su apoyo al proyecto de la unificación de Alemania que el canciller logró concluir. Para la izquierda europea del XIX, el Estado era necesario para los intereses de las clases bajas, como modo de defender mejor su lucha, repudiando paralelamente los nacionalismos pequeño burgueses. De hecho, en la Constitución alemana se habla de «una sola patria», sintagma que en nuestro país sería tachado de fascista por sus reminiscencias franquistas. En una carta que Engels escribió a Marx se lee, a propósito de la unidad alemana, que «dejará a un lado las reyertas entre las capitales insignificantes [a la espera] de que todos los Estados minúsculos sean arrastrados al movimiento y de que cesen las peores influencias localistas y de que los partidos se vuelvan nacionales».

Pablo Iglesias, que apuesta por un referéndum en Cataluña, en sus mítines de la campaña del 28-A retiró la bandera nacional de los escenarios, dejando las autonómicas. Pedro Sánchez, y no voy glosar, por sabido, las concesiones a la Generalidad, va a apuntalar en los próximos cuatro años la ideología del odio a lo español: en los centros educativos (hay colegios en los que los niños no saben que existe la ciudad de Madrid, y hay niños, muchos, que tiene prohibido hablar en castellano), en los medios públicos (TV3 es una máquina de información que hincharía de orgullo a Goebbels), en los Mozos, en la Universidad, en las calles. Sánchez ha abandonado a más de tres millones de catalanes, muchos de ellos perseguidos, insultados, amenazados de muerte, silenciados. Cataluña es hoy un régimen dictatorial de libro (la reciente comparación hecha por la Generalidad entre Junqueras y el resto de políticos presos con los hacinados en el campo de exterminio nazi en Mauthausen-Gusen es la ratificación de la actitud abominable de estos nazis renacidos).

Y el PSOE va más allá, porque se ha disuelto en partidos localistas, que es lo contrario de la idea que Engels transmitió a Marx. Los 72 municipios de Cataluña gobernados por los socialistas son secesionistas; Francina Armengol, la socialista presidenta de Baleares, y Ximo Puig, de Valencia, permiten que las formaciones separatistas de ambas comunidades manejen la educación y la televisión, con el resultado del arrinconamiento del idioma español en favor del catalán, así como de la propagación de la hostilidad hacia lo que nos son los Países Catalanes. Aún peor: el presidente de Aragón, Javier Lambán, ha dejado que la Junta Aragonesista introduzca la lengua catalana en escuelas e institutos y se enseñe que Aragón pertenece a los citados Países Catalanes.

De aplicar el método reductio ad absurdum, como hizo Euclides para demostrar que la raíz cuadrada de 2 es un número irracional y que ni el decimal un billón uno no es el último, ni Sánchez ni Iglesias, en sus acciones políticas iguales a la cifra calculada por Euclides, atajarían no ya la barbarie de tantos abducidos por la xenofobia, sino su incremento, que pronto alcanzará, solo entre los catalanes, los tres millones. Por decirlo de esta otra manera: Descartes erró al sostener que el «sentido común es el bien más repartido del mundo».

Así pues, la izquierda española ha abjurado de algunos de los fundamentos del socialismo, emprendiendo una singladura populista y recolectora de votos que inquieta. Inquieta a quienes sabemos que el humanismo es un valor que no está en venta y que la solidaridad con los millones de ciudadanos que, de facto, no se les permite ser ciudadanos está en la cohesión de las distintas singularidades que conforman un Estado.

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