Rubalcaba, o el político


Cerraba mi admirado Luís Pousa aquí en La Voz un excelente obituario sobre Alfredo Pérez Rubalcaba recordando una frase típica del temple socarrón del gran político y notable ciudadano que acaba de dejarnos: «Los españoles somos gente que enterramos muy bien».

 Ciertamente, la triste noticia del fallecimiento repentino y prematuro de quien había sido prácticamente todo en la política española durante casi treinta años ha generado un verdadero torrente de declaraciones y comentarios en televisiones, radios y periódicos. En no pocos de ellos, al mismo tiempo que se destacaba la gran dedicación pública del dirigente socialista y sus valiosos servicios a nuestro Estado democrático, se ponían de relieve, como si fueran perfiles de su personalidad contradictorios con la acción que llevó a cabo, la dureza de Rubalcaba como adversario dentro y fuera del PSOE, su temible dialéctica, su capacidad de supervivencia en las turbulentas aguas partidistas o su notable afición a mover el cucharón de todos los guisos que le tocaba cocinar. Rubalcaba fue, en efecto, tan temido como amado y lo fue en muchas ocasiones, en ese orden, o el contrario, por quienes primero lo ensalzaban y luego lo crucificaban, o al revés.

Esa idea de que había como dos Rubalcabas en una única persona me hizo recordar una frase de Ortega que desvela que tal supuesta contradicción entre el servidor público y el muñidor en la sombra duro y correoso es solo fruto de una visión ingenua e irreal de la política. Una visión comparable, según el gran filósofo, a la de la «mujer que se casa con un artista y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado».

Lo anota Ortega así en un ensayo breve y sugerente (Mirabeau o el político) en el que, partiendo de la biografía del revolucionario francés del siglo XVIII, fija lo que considera el arquetipo del político: «Arquetipo, no ideal. No deberíamos confundir lo uno con lo otro […]. Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad».

Como la de pocos dirigentes españoles desde 1977, la trayectoria pública de Alfredo Pérez Rubalcaba respondió a la del arquetipo del político y a muchos de los caracteres con que Ortega lo define: «La audacia, la infatigabilidad, la eficiencia en todos sus actos y gestos, la entereza inmutable con que aguanta el insulto y resiste el ataque, la presencia de espíritu con que gobierna su persona en medio de la tempestad política».

A gran distancia de los que luego lo han sustituido al frente del PSOE, Rubalcaba fue un político de raza, de hacer y no de figurar ni de decir, aunque era un orador superdotado. Por eso, cuando le tocó irse, se marchó ligero de equipaje a la Universidad de la que procedía. Nada quiso saber de puertas giratorias, pues, por decirlo con los versos de Lope, «que nunca tan alto azor / se humilla a tan baja presa».

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