El gol de Iceta por la escuadra


Pedro Sánchez, con su inesperada propuesta de colocar a Miquel Iceta en la presidencia del Senado, ha metido un gol por la escuadra. Comprendo el resquemor ocasionado por la brillante jugada en las filas independentistas y de Ciudadanos, pero me causa estupor el intento de invalidar el tanto oponiéndose a que el líder del PSC sea designado senador por el Parlamento catalán. Y no soy el único. Al jurista Rafael Arenas, nada sospechoso de veleidades separatistas, le ocurre lo mismo: «No acabo de entender cómo puede impedirse que Iceta sea designado senador». Porque el veto supondría cargarse todas las reglas de juego, empezando por la Constitución y el Estatuto de Cataluña y terminando por la ley catalana que establece el procedimiento para la designación de senadores. Aún así, no me sorprendería que se consumara el latrocinio, porque ya hemos visto casi de todo en aquella comunidad: pocas razones y un sinfín de disparates.

 Con la ley en la mano, son los grupos los que designan sus candidatos a senadores autonómicos. Al PSC le corresponde una plaza, vacante tras la renuncia de José Montilla. Y al Parlamento no le queda otra que ratificar al candidato propuesto para cubrirla, y no por cortesía o por tradición, sino porque no puede privar a los socialistas de su representación. ¿Será necesario, una vez más, que vuelva el Tribunal Constitucional a reparar los desperfectos que unos y otros causen en el sistema?

Otra cuestión es el análisis político de la jugada, que podríamos iniciar en forma de pregunta: ¿Por qué la figura de Miquel Iceta levanta ampollas en las dos riberas irreconciliables de Cataluña? La clave se halla en el perfil del personaje. Iceta defiende el federalismo, no hace ascos al concepto de nación de naciones, mantiene posiciones conciliadoras en el conflicto catalán y no frivoliza irresponsablemente con el uso del 155, esa poción mágica recién descubierta que seica cura todos los males. Un tipo de esas características choca frontalmente con los apóstoles de la recentralización y la mano dura. Iceta, por otra parte, defiende la Constitución y la necesidad de reformarla, combate las tesis independentistas y se opone a la autodeterminación. Tampoco resulta persona grata en los cenáculos secesionistas.

Miquel Iceta representa el puente que no quieren cruzar ni los de Laíño ni los de Lestrove. Personifica la vía del diálogo, el único lugar de reencuentro de las dos Cataluñas. Que Ciudadanos y ERC lo amenacen con la pinza prueba que ninguno de los dos partidos leyó correctamente el dictamen del 28-A. Ciudadanos, relegado a la quinta posición en Cataluña, aún no sabe que aquel filón está agotado: ya no da votos. Esquerra tampoco asumió que las urnas, generosas a la hora de premiar su relativo pragmatismo, le quitaron la llave de la política española. Sus quince diputados pesan menos que sus nueve de antes: ya no puede canjear investidura o presupuestos por referendo. Aunque no lo confiesen, Rivera y Junqueras viven -vivían- mejor en la confrontación. Y por eso rechazan al árbitro Iceta.

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