Máquinas exprimidoras


De un tiempo a esta parte los supermercados me están haciendo feliz. Cada vez que acudo a hacer la compra me quedo un largo rato contemplando estas máquinas exprimidoras de zumo de naranja que han conquistado todos los «súper», si usted quiere un zumo fresco y natural: exprima su cartera.

Desde bien pequeño estos exprimidores industriales, que antes todas eran ZUMEX, han llamado mi atención. Ese mecanismo al descubierto, donde entran las naranjas enteras, se parten y acaban convertidas en zumo siempre me ha sugestionado. Maravilloso. Uno de mis primeros recuerdos es estar junto a mi madre en la barra de una cafetería, que no consigo precisar cuál es, ella bebía café y yo zumo. Recuerdo que pasé todo el rato con la mirada fija en aquella máquina, mi madre se reía y no entendía nada, luego dijo de irnos y yo seguía ahí petrificado, la mirada fija en aquel mecanismo que tanto me fascinaba. He de decir que por aquel entonces yo tendría unos 6 años, ahora en las cafeterías prefiero mirar el periódico o a las chicas guapas.

El otro día, una conocida me sorprendió delante del exprimidor de Mercadona, sin quitarle ojo y con una sonrisa en mi cara. Me saludó y sentí la mayor de las vergüenzas. Qué se pensaría que estaba haciendo allí parado mientras veía a aquel artilugio funcionar. No hacía nada, sólo recordaba. Por mi cabeza pasaban esas tardes interminables de la mano de mis padres, ese olor a café y a tabaco, esos zumos fríos y llenos de pulpa, esas cafeterías de estación o aeropuerto que siempre eran preludio de algo bueno. No hacía más que volver a dar vida en mi cabeza a algo que ya ha pasado, a algo muerto. La infancia, que no sé si es la patria, pero que para mí sí fue la felicidad. Quién me iba a decir a mi que una máquina exprimidora iba a ser mi «magdalena de Proust».

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