Muchas gracias, juez Marchena


En contra de los previos vaticinios, el juicio que se sigue en el Tribunal Supremo contra los acusados del procés ha ido perdiendo protagonismo mediático y social. Tanto, que la crónica diaria sobre lo que ocurre dentro de la sala de vistas ha pasado a ser solo una noticia más de entre las que llenan televisiones, radios y periódicos.

Para decirlo por lo llano, los procesados, parte de sus abogados y todos las fuerzas nacionalistas e izquierdistas que se habían propuesto convertir el proceso del procés en un show con el doble objetivo de desprestigiar a la Justicia, como institución basilar de nuestra democracia, y de convertir el juicio en un altavoz de su delirante relato sobre lo sucedido en octubre del 2017 en Cataluña, han tenido que envainársela, hasta quedarse con un palmo de narices.

Esa total normalidad en el desarrollo del proceso no se ha debido, desde luego, a una actuación escrupulosa de las defensas, que con mucha más frecuencia de la admisible ha brillado por su ausencia. Varios de los abogados que representan a sus patrocinados han superado muy de largo lo deontológicamente tolerable en cumplimiento de su importantísima labor, que no admite sucias tretas, preguntas amañadas y acciones destinadas sólo a exasperar al tribunal con la evidente finalidad de preparar futuras alegaciones de falta de garantías ante la Corte Europea de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Tampoco la normalidad del proceso se debe a los testigos que han comparecido en apoyo de los procesados, quienes han intentado de todo: desde ilustrar a los magistrados sobre el supuesto derecho a decidir, hasta intentar convertir los quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol en mítines políticos republicanos y separatistas.

No, la normalidad de un proceso llamado a ser un auténtico esperpento por obra y gracia de la parte que se sienta en el banquillo, se debe a la acción del tribunal que lo preside y, de forma muy especial, a la extraordinaria actuación de un juez que merece ya el respeto y el aprecio de todos los demócratas. Manuel Marchena fijó desde el primer día un criterio tan difícil como justo: respetar sin concesiones las garantías constitucionales de las que gozan los procesados en nuestro muy garantista Estado de derecho, sin, al mismo tiempo, tolerar que aquellas garantías fueran pervertidas, para convertir el juicio en un farsa, por los procesados, sus abogados y los testigos de descargo.

Manuel Marchena ha demostrado una mezcla portentosa de la flexibilidad con el rigor y una absoluta imparcialidad con las partes enfrentadas. Y ha favorecido, como es su obligación, el derecho a la defensa evitando siempre que a su amparo se vulnerase el respeto al que tienen derecho todos los presentes en la sala. En las antípodas de los jueces estrella de infausta memoria, Marchena ha prestado un servicio de incalculable valor a la Justicia en España y a España misma como Estado social y democrático de derecho. Por todo ello, muchas gracias, señor juez.

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Muchas gracias, juez Marchena