Los gurús de la política -personajes posmodernos con denominación prehistórica- aconsejan a sus clientes que, lejos de atarse a la indescifrable realidad, operen sobre un relato -ellos dicen storytelling, para cobrar más- que les permita diseñar una estrategia cartesiana y coherente, para llegar a la cumbre del poder sin despeinarse. Lo que los gurús no dicen es que los relatos son como los plátanos, que si no los comes pronto los tienes que tirar. Y por eso me temo que la lunga storia de este tiempo se centrará en conocer por qué tanta gente inteligente, que tuvo tantas oportunidades, optó por bordear el gobierno de la realidad para estrellarse contra su propio relato.
Esta es la razón por la que Sánchez, que es un producto precocinado, atiborrado de edulcorantes y conservantes, ha olvidado los resultados del 28A, que le fueron favorables, para construir el relato de una prodigiosa victoria, émula de los 202 escaños que obtuvo González en 1982, con el que espera justificar el reseteo de la historia de España, para construir un país ecológico, feminista e igualitario, en salsa de convivencia, que va a dejar en ridículo al Paraíso Terrenal. Mientras Sánchez cultiva la épica gubernativa -«en sólo seis meses arreglé el mundo, y en esta legislatura lo voy a cambiar por uno nuevo»-, sus lugartenientes más famosos -Ábalos, Calvo y Celaá- diseñan un escenario monocolor, con guarnición de geometría variable, en el que los demás partidos están separados en dos grupos: los progresistas, que tendrán que cabalgar con el Cid Campeador; y la derecha tricéfala, que aún añora a Franco, y que se extinguirá como los dinosaurios.
Lo malo es que la fría realidad -representada por los independentistas, que viven del conflicto con el Estado, y de bajar a tierra a todos los fantasmas- se cruzó con la primera exhibición paradigmática del storytelling socialista: «Yo, Sánchez I, sin encomendarme a Dios ni al diablo, voy a hacer presidente del Senado a un amigo, que no es senador pero lo será, porque los independentistas no tienen más remedio que hacer lo que diga el adalid de la convivencia y el diálogo». Pero la correosa ERC, consciente de que si se domestica no tiene futuro, optó por demostrar que ellos también tienen «su relato»: que no existe una mayoría sumisa; que Unidas Podemos no ayuda, sino que estorba, a los sueños de Sánchez; y que si el PSOE quiere seguir en la Moncloa solo lo puede hacer sentado sobre un volcán, pendiente de los independentistas, y con la seguridad de que, si invisten a un presidente, será para poder derribarlo, como una estatua de Sadam Husein, en cuanto lo estimen conveniente.
Nadie está contra Iceta. Lo que quiso demostrar ERC es que España no está para épicas almibaradas ni líderes de leyenda, y que la cruda realidad es una guerra de relatos -el del Paraíso Terrenal y el de la república que se independiza de un Estado autoritario- que se va a dirimir a cara de perro. Y que cuanto antes asumamos que Sánchez solo tiene 123 escaños, mejor.
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