Por un Macbeth inclusivo y diferente


Cuando era un crío solía leer críticas de cine de las películas que iban a emitir en televisión. En ocasiones esas críticas me hacían sentir mal cuando un film me gustaba y disgustaba al crítico de turno. Recuerdo haber leído una vez a un muy progresista crítico poner de vuelta y media a Sergio Leone. Consideraba el señor que ponerse a filmar westerns en Europa, y peor todavía, en España, era muy pero muy de derechas y fruto del imperialismo cultural impuesto desde Hollywood, algo que debería avergonzarnos. Aunque realmente Por un puñado de dólares solo llevaba dólares en el título, aquello era un insulto a nuestra cultura o poco menos.

Pasaron los años y un día tropecé con una entrevista a Bernardo Bertolucci a raíz de su colaboración junto a Dario Argento en el guión de Hasta que llegó su hora de Sergio Leone. Según el director de Novecento, en aquellos años (1968) no era posible no tener ideología en Italia, y la de Leone era de izquierdas. Me vino automáticamente a la memoria la escena de El bueno, el feo y el malo en la que Tuco, interpretado magistralmente por Eli Wallach, mantiene una conversación con su hermano, que es fraile: «En este mundo, si uno no quiere morirse de hambre, o se hace fraile, o se hace bandido». Sigo sin ver en aquellos westerns un discurso político, pero las palabras de Bertolucci me dejaron clara una cosa: hay críticos de cine incapaces de encontrarse lo que les cuelga.

No soy ingenuo. Sé que muchas obras de ficción tienen múltiples lecturas y que hay un discurso político detrás de las historias que cuentan. Pero también sé que en demasiadas ocasiones se hacen juicios no muy medidos y no muy justificables. Se le buscan tres pies al gato en cuanto aparecen dos tetas en una pantalla o la obra trata algún tema controvertido. Incluso cuando el mensaje es abiertamente político, se busca incomprensiblemente qué hay detrás de lo que se nos está contando.

El final de la serie de HBO Juego de Tronos me ha traído el recuerdo de aquellos críticos con más ansias moralistas que talento. Una legión de personas indignadas incluso ha reunido firmas para que se vuelva a rodar la última temporada que, parece ser, no ha gustado mucho. Y aquí es donde me ha dado por reflexionar. Realmente no se trata del valor artístico de una obra, de sus aciertos y desaciertos. Es algo más cutre, más caprichoso e infantil: se trata de que hay gente que no está de acuerdo con una obra de ficción.

Aquellos críticos «progres» tan preocupados por la moralidad y la pureza cultural de Europa no son distintos de estos quejumbrosos fans ultrajados ante un final que esperaban de otra forma. Son como aquellos que perpetraron una versión «inclusiva» de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, libro altamente ofensivo con el que no se puede estar de acuerdo y que debería haber sido escrito de otra forma. Esta forma infantil de afrontar una ficción y de convertir todo en una cuestión política aunque no exista, no es más que el capricho de unas personas acomodadas incapaces de asumir que las cosas no son como uno desea y que no puedes ir diciéndole a un autor lo que tiene que escribir (he leído en redes sociales a gente diciendo que «el puto gordo» George R. R. Martin, debe terminar de escribir los libros de la saga), pues de hacerlo puede ocurrir como le ocurre a la autora de la saga Harry Potter, que lleva tiempo ya inventándose identidades de todo tipo para sus personajes años después de haberlos creado sin ellas. Lo peor de todo esto es que, al final, se transforma en ansia censora frustrada por no tener el poder de censurar, poder que se intenta suplantar con recogidas de firmas y quejas de mayor o menor intensidad que no pueden ocultar lo que no es más que una mentalidad de eterno adolescente incapaz de entender que no es necesario estar de acuerdo con que Macbeth asesine al rey de Escocia para disfrutar de la obra.

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