«Chernobyl»


Es un relato de terror. Parece un futuro apocalíptico. Pero los coches, la ropa, y los azulejos revelan que los hechos ocurrieron hace más de treinta años. Sucedió en 1986. Y lo rescata del pasado HBO en Chernobyl, una serie que deja en la boca sabor metálico y en el estómago, la sensación indigesta de que el abismo estuvo a la vuelta de la esquina aquellos días de primavera. Hay una frase repetida en su arranque. «Los medidores de radiación solo marcan 3,6». Los políticos soviéticos van administrando esas palabras como un anestésico, un buen somnífero para los camaradas, un relajante para que el adormecimiento ascienda por la pirámide de poder como una ligera brisa de aire cálido hasta alcanzar al líder supremo. Alguno añade que eso es equivalente a hacerse cuatro radiografías. Otro, en un alarde de audacia, dice que quizás habría que ir sacando los medidores buenos, los que se guardaban bajo llave para las ocasiones especiales, esos que no tienen como límite máximo un 3,6 en la escala Roentgen. La catástrofe está ahí, ante sus ojos. Pero bajo la bota del régimen comunista no puede crecer la duda. Hasta que la ciencia empieza a colarse por las rendijas que ofrece el discurso de la mentira, de la obediencia debida. Chernobyl encierra muchas lecciones. La vida, en el sentido más amplio de la palabra, es mucho más frágil de lo que puede parecer desde las cimas de la soberbia humana. Y benditas sean las voces que se levantan en esos sistemas que no toleran ni un rasguño en su casco. Especialmente las de los científicos que calculan, preguntan y cuestionan. Porque buscan respuestas y soluciones y no palmadas en la espalda. Porque sus leyes son otras.

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