En una España en la que la extrema izquierda ha estado siempre aquejada del síndrome de la atomización y sumida en la eterna sopa de letras, y en la que el PSOE mantiene históricamente una acusada tendencia a la anarquía en lo que afecta a la disciplina interna, el PP se había caracterizado hasta ahora por una actitud monolítica, en la que los trapos sucios, que siempre los hubo, se lavaban en casa, pero la obediencia al líder, una vez elegido, y la búsqueda de la unidad eran norma de la casa. Con Fraga, con Aznar o con Rajoy, las reuniones de los máximos órganos del partido se convertían en monólogos en los que pedir la voz tras el discurso del líder se consideraba una extravagancia. Discutible o no, esa forma de entender la política permitió al PP durante años acumular enormes cuotas de poder con un mismo discurso en toda España.
Esa tendencia se ha roto claramente tras la llegada de Pablo Casado. Nunca un presidente popular ha tenido menos autoridad. Y por eso asistimos a procesos que, aunque en otros partidos se consideran normales, hasta hace poco eran impensables en el PP. El origen de esa situación está en la caótica campaña de Casado en las generales, que culminó con una desconcertante oferta a la extrema derecha de Vox de entrar en su futuro Gobierno. El resultado, lógicamente, fue un batacazo histórico. Solo entonces Casado pareció escuchar a quienes le aconsejaban moderación y centrismo y recuperó así terreno el 26M. Pese a que los resultados siguen siendo malos, son mejores que los anteriores y la posibilidad de gobernar la comunidad y la alcaldía de Madrid los hacen parecer aún más positivos.
Casado, sin embargo, comete el grave error de pensar que esa situación le avala para insistir en su errores pasados. Y, en lugar de perseverar en las posiciones centristas y fomentar la unidad, vuelve a las andadas, despreciando a quienes le ayudaron a convertirse en el sucesor de Rajoy. Hace menos de un año, Cayetana Álvarez de Toledo dijo ser «militante, no simpatizante» del PP, reconoció haber votado a Ciudadanos y cargó en términos durísimos, incluso en lo personal, contra Mariano Rajoy, entonces presidente del PP. Y, sobre el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, dijo que carecía de pensamiento y convicciones políticas; que en nada se diferenciaba de los nacionalistas; que su «tibieza» contra el nacionalismo era «el mayor lastre electoral del PP» y que miraba más por su cargo que «por una España con más igualdad y libertad». No parece ese el mejor aval para ser, solo un año después, la voz del PP.
Teniendo en cuenta que el apoyo de Feijoo fue clave para que Casado sucediera a Rajoy, el que después de todo ese catálogo de despropósitos de Álvarez de Toledo la nombrara portavoz parlamentaria sería el equivalente a que si Feijoo hubiera sido elegido el líder gracias a Casado, nombrara luego portavoz del partido a Celia Villalobos, que acusó Casado de ser de extrema derecha en plenas primarias. El nuevo líder del PP no ha entendido el mensaje. Pero tampoco su situación en el PP.
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