El camarote de los Marx


Las elecciones en España están logrando que nos sintamos como unos invitados en el inolvidable camarote de los hermanos Marx, con cada ciudadano soltando sus ocurrencias sobre el significado de unos resultados múltiples y diversos (y dispersos) que no paran de asombrarnos por la dificultad de combinarlos. Y es que el desconcierto inicial, lejos de ceder, ha ido creciendo ante la imposibilidad de fijar unos acuerdos que aún hoy mantienen espacios de incertidumbre. 

En un principio parecía claro que estábamos ante dos bloques (el de izquierdas y el de derechas). Pero, a medida que van pasando los días, la complejidad aumenta y se van abriendo nuevas posibilidades, con apuestas transversales de todo tipo. Así hemos ido entrando en el camarote de Groucho y los suyos. Porque el barullo inicial, que parecía superado por la aceptación de una solución bipolar, se ha visto enriquecido por las propuestas de pactos transversales, a cargo de Manuel Valls, de Íñigo Errejón y de otros líderes en comunidades autónomas y ayuntamientos. Con el camarote a tope.

Y las preguntas vuelan. ¿Va a incluir Pedro Sánchez en su Gobierno a un Pablo Iglesias ahora derrotado, pero siempre ambicioso? ¿O va a intentar recuperar la vieja idea de un pacto con Ciudadanos? ¿O prefiere gobernar solo, como le aconsejan muchos de los suyos? Y así es posible seguir dando vueltas por el camarote. ¿Pactará el PP con Ciudadanos y con Vox por separado para lograr gobernar en algunos lugares relevantes?

Las elecciones han quedado ya en el pasado, cierto, pero los negociadores aún buscan un futuro de acuerdos ventajosos que signifiquen el control de algunos gobiernos. Porque todos ellos lo saben muy bien: hay que salir del camarote lo mejor librados que sea posible. No ignoran que a la fiesta de la negociación y el chalaneo se le está agotando el tiempo. Los ciudadanos tenemos derecho a vernos fuera del galimatías.

Bien es cierto que hay comunidades, como Cantabria y Navarra en las que el resultado se ha alterado con el recuento definitivo. Porque algunas votaciones todavía colean, cierto. Pero no debiera prolongarse más el chau-chau del posibilismo sin tregua.

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