Un ministerio, por caridad

Efe

Un día sí y otro también Pablo Iglesias reclama públicamente un Gobierno de coalición, que considera un «imperativo político», del que, claro está, él debería formar parte. Nada que ver con la discreción que preconizaba tras el 28A en las conversaciones con los socialistas. Se le ve demasiado ansioso por tocar poder tras el fracaso de las elecciones generales, convertido en desastre en las autonómicas y municipales. Mientras Podemos se derrumba, él pide su sillón sin hacer la autocrítica seria y profunda que se requeriría, más allá de la palabrería hueca y los ataques a los demás, con su enemigo público número uno, Errejón, a la cabeza. Ni mucho menos se ha planteado dimitir. Las luchas internas, su hiperliderazgo, rodeado de una camarilla de fieles que le dicen amén a todo, y sus devaneos con el independentismo han pasado factura a Podemos, cuyo proyecto original está muerto. Y él es el máximo responsable. Ante este escenario, prefiere seguir exigiendo un Gobierno de coalición «que nos permitirá transformar España en un ejemplo democrático para Europa y el mundo». Pero ese ejemplo ya existe y se llama Portugal, donde gobiernan los socialistas en solitario con el apoyo externo del Bloco (una especie de Podemos) y los comunistas, con un excelente balance. Es cierto que los 42 diputados de Podemos son imprescindibles para la investidura de Sánchez (ante la derechización de Rivera), y es lógico que los quiera hacer valer. Pero eso no implica necesariamente entrar en el gabinete. Bastaría con un acuerdo programático. Iglesias ve la entrada en el Gobierno como un salvavidas. Pero su raca-raca está empezando a dar vergüenza ajena. Los humoristas tienen un filón: «Un ministerio, por caridad».

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