Todos culpables


En abril, el fundador de la banda mexicana de rock Botellita de Jerez, Armando Vega Gil, se quitó la vida después de que le acusaran de acoso sexual a una menor desde una cuenta de la red social Twitter dedicada a destapar supuestos casos de abusos a mujeres en el mundo de la música. Recuerdo, ya que la cuenta no existe hoy, que quienes desde el anonimato cobarde llevaban esa cuenta decían que publicarían el nombre del «agresor» simplemente con que se les comunicara por mensaje privado. Armando Vega Gil antes de suicidarse escribió una carta en la que se podía leer: «Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en mi contra». Tenía razón.

En pleno 2019 todavía hay personas que establecen una diferencia artificiosa entre la vida real y la virtual. El caso de Armando Vega Gil es un contundente y dramático ejemplo de que esto no es así. Hoy, cualquiera puede acusarte de cualquier cosa, y mucha gente lo va a creer, pues generalmente se acusa de ser un monstruo atroz, uno que encarne el mal que al iluminado de turno se le antoje y que cause, a ser posible, mucha alarma social. En esto se basa el movimiento MeToo, en la acusación, con pruebas o sin ellas, generalmente sin ellas, de haber hecho algo horrible.

Estos días, una actriz pornográfica que asegura tener ADN extraterrestre la ha tomado con un divulgador científico español que niega que eso pueda existir, y al final, ante las demenciadas acusaciones de pedofilia por parte de los fans de la felatriz, el divulgador no ha visto otro remedio que cerrar su cuenta de Twitter.

Las redes sociales son terreno abonado para las antorchas. En el día a día, el estado impide que la gente vaya por ahí linchando cuando alguien le cuenta a alguien que alguien ha hecho algo (que es exactamente como funciona el MeToo), pero en Twitter el estado no tiene mucho que hacer y a los gerifaltes de la red social les escuece proporcionar datos de quienes se dedican a difamar con total impunidad. Tengo un amigo que lleva años siendo difamado por miles de personas, algunas de las cuales incluso pretendían su suicidio, y después de cientos de tuits, de gravísimas acusaciones apoyadas con entusiasmo por notorias estrellas del pseudofeminismo más mediático, todavía está esperando que se haga justicia. De la de verdad, no de la histérica ni de la bíblica.

No existe ninguna prueba de que las acusaciones realizadas en los casos que menciono tengan algo de real. Ninguna. Nada. Pero sí hay pruebas de que se han vertido sobre estas personas acusaciones muy graves sin pruebas, y del daño psicológico que causan, que incluso puede llevar a alguien a la muerte. Por eso hay tanta gente dispuesta a que acabemos con la presunción de inocencia y las garantías procesales. No hace falta demostrar nada. Cuando ocurre un linchamiento mediático, lo que se pide es la inversión de la carga de la prueba. Es decir, es la persona señalada la que debe probar su inocencia, no quien acusa demostrar la culpabilidad de alguien.

A nadie le importa que te señalen sin pruebas. Nadie va a pensar que quien lo hace no tiene razón, y quienes se muestren reacios a culpabilizar al señalado, será señalado a su vez. Y los hay que prefieren no hablar de ello para evitar ser también señalados. Hay una curiosa espiral de silencio que te empuja a callar con la injusticia más cercana aunque quienes entran en ella sientan la imperiosa necesidad de posicionarse en conflictos donde Cristo perdió el mechero. Es un ambiente hostil, de caza de brujas.

Esta misma semana, a raíz de las acusaciones a través de Twitter a un conocido poeta, algunos auguraban ya un MeToo al respecto, incluso jactándose de carecer de pruebas. Y no es una tontería, oigan: en México ha sido notoriamente exitosa la iniciativa, que hasta ha provocado un suicidio sin que el muerto pudiera defenderse de ninguna manera y sin que las difamadoras se pongan coloradas. Enhorabuena.

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