Junio


En estos días amables en los que el sol se resiste a ocultarse, andaba yo alejándome como lector de pactos y trueques, de todas las mentiras de una política antigua y domestica; andaba yo contemplando las láminas miniadas de un libro de horas, concretamente Las muy ricas horas del duque de Berry, en una edición facsímil. Cuando me detuve en la que ilustra junio, que es una de las ultimas atribuida al pintor Van Eyck, y admiré la escena campesina de siega y trilla, fui consciente que estábamos justo en la mitad del año, en el mes bisagra, el que abre las puertas del verano y entorna las de la efímera primavera. Ya no canta el cuco que en marzo anunció el final del invierno, y casi por arte de birlibirloque entramos de lleno en el verano.

Y la reflexión sobre el paso del tiempo, la velocidad de los días, las semanas, los meses fue de obligado cumplimiento cuando me dispuse a escribir estas líneas. Ya la tarde había decretado la hora del lusco e fusco, y aceptaba que la noche adquiriera todo su protagonismo. Y recordé, como si fuera preceptivo, otros junios que proclaman solsticios por San Juan, cuando tras la noche ardiente de las hogueras que alargan las horas iluminándolas hasta el amanecer, y yo lavo mi rostro con agua de rosas cortadas el día anterior y dejadas a que la luna las embruje antes del alba..., recordé, iba diciendo, que las olas de la mar ya estaban dispuestas al baño de los mortales. San Juan había decretado que quedaba inaugurada la estación estival. Y volví a Cesare Pavese y a su Una bella estate, a su libro La luna y el falò, un canto a los tres meses que compendia el verano. Y llega hasta a mí el olor fundacional de junio con el aroma de las primeras xoubas perfumando la memoria. Los días ya irán a menos cuando junio concluya, mermarán las tardes y comenzará a empañarse la nostalgia. Allá va medio año con sus luces y sus sombras subrayadas en el calendario de la vida. Pero estamos en el esplendor anual, cuando la estampa iluminada de la lamina del mes de junio en el libro de horas hace que el río Sena rodee en un abrazo fraterno el palacio del duque de Berry y el sol continúe en lo alto, colgado del cielo. Ocurre cada junio.

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