Final de partida


Más de dos semanas después de las elecciones, ni el tiempo ni la ciclogénesis Miguel han logrado eliminar de nuestras calles todos los restos de propaganda política. Los candidatos, vistos desde ahora, agarrados todavía de algunos muros y farolas, con las manchas y arrugas propias de la intemperie, parece que llevasen ya escrito en sus caras el resultado final cuando posaban ilusionados en el inicio de la campaña de las autonómicas de Asturias.

No hubo demasiadas sorpresas. Tal vez no se esperase un triunfo tan contundente del PSOE, una resistencia tan seria del PP o un crecimiento tan raquítico de Ciudadanos, pero el resultado entra dentro de lo previsible. Auguran los analistas un gobierno en solitario del PSOE apoyado en los seis diputados a su izquierda o en los cinco de Ciudadanos en función de la agenda y el capricho de cada cual. Menos previsibles y comentados son los efectos del resultado en las agitadas vidas internas de los partidos.

En el PP asturiano, Mallada, pese a la derrota, salvó la subida a la red de Cherines en la bola de partido. Coherente con su lema («Ilusión por Asturias», dice la mitad de Teresa Mallada todavía desde el suelo de una marquesina en un desvió de la N-632 hacia Argüero), no recordamos otro candidato tan feliz tras un fracaso electoral tan rotundo. Derrotada y prejubilada, pero ilusionada, Mallada sólo espera el momento oportuno para fulminar a Mercedes Fernández, antes de agosto, a poder ser, para empezar el curso libre de lastre.

En Foro Asturias las convulsiones han sido todavía mayores («Con Carmen Moriyón, Asturias cambia y avanza», reza un insulso cartelón en la ronda sur de Oviedo). Si Mallada sorprendió por la ilusión en la derrota, Moriyón lo hizo por la desgana en la campaña. ¡Qué galbana a tres turnos! La pérdida de la alcaldía de Gijón y las lógicas dimisiones de Moriyón y Muñiz abocan al partido a rendirse al PP o disolverse. Ocho años después, el hormiguero de Francisco Álvarez-Cascos entra en proceso de liquidación.

Izquierda Unida («Asturias por la izquierda», proclaman todavía una fila de carteles en el barrio de Versalles, en Avilés) ha cosechado el peor resultado de su historia, incluida la del PCA, en unas autonómicas en Asturias. En un momento de la noche electoral tuvieron el tercer escaño, clave para sumar la mayoría absoluta con los socialistas y forzar un gobierno de coalición, pero al final lo perdieron y pasaron de ser decisivos a irrelevantes en un suspiro. Su futuro es muy  incierto y se resolverá en el otoño caliente que se está cociendo a la izquierda del PSOE.

En Ciudadanos (sobre un fondo naranja, Juan Vázquez, corbata naranja y pelo naranja, sigue declarando desde una pared de Lugones: «Sí, tú eres la oportunidad de Asturias») tuvieron un resultado peor del esperado. Su objetivo era superar al PP y acercarse al PSOE pero finalmente Vázquez obtuvo la mitad de diputados que los populares y la mitad de la mitad que los socialistas. Pese a ello no se oye mucho ruido interno. La duda es si será coherente con su discurso de campaña, abriéndole a Barbón alternativas al bloqueo de Podemos o se apuntará a la línea dura de Rivera.

Semanas después de la noche electoral, en Podemos («Asturies en tus manos», sigue diciendo con melancólica afectación Lorena Gil, desde un cartel que el viento arrastró hasta la red de un gallinero abandonado en La Camocha) todavía no se explican qué pudo fallar. Tras repetir campaña y argumentario de 2015 no entienden por qué no repitieron también resultados. Tras combatir un PSOE que ya no existe, a falta de autocrítica, sus cuatro diputados ponen cara de fastidio mientras intentan adivinar por dónde vendrán los palos.

Mención especial merece Gaspar Llamazares (en una farola de una rotonda de entrada a Oviedo desde la AS-II resiste en un solitario cartel de Actúa de la campaña de las nacionales), muriendo como vivió: tan certero en los diagnósticos como errado con las recetas. Acaba de darse de alta en autónomos para impartir formación política, ojalá de retórica y alejado de la estrategia.

El triunfador del proceso es el PSOE de Adrián Barbón («La mejor Asturias», proclama sonriente desde un cartelón visible desde la A-8 a la altura de Villaviciosa), próximo presidente de Asturias tras lograr veinte diputados, cifra impensable para los socialistas asturianos en los últimos tiempos. Un resultado para liquidar los últimos reductos de oposición interna y cerrar con el bálsamo del gobierno la brecha abierta en su partido desde octubre de 2016. Javier Fernández dijo entonces, en un recordado discurso ante su comité federal, justificando la abstención a Rajoy, «el tiempo dirá si nos equivocamos», y no ha hecho falta cambiar mucho de calendario para oír su contundente veredicto. En algo de eso debía de pensar Adriana Lastra, celebrando la victoria en la noche electoral, abrazándose a un compañero de aquellos días mientras decía emocionada: «Teníamos razón».

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