Instrucciones para llorar


Un súbito dolor en la garganta, el mentón empieza a temblar y saltan todas las alarmas: te vas a poner a llorar aquí, delante de toda esta gente, no podrás contenerte. Qué bochorno. Eso es lo que debió de pensar Theresa May el día en que anunció su dimisión. Por eso, aunque las cámaras captaron el momento, apenas pudimos verla. Una leve mueca y un sonido gutural, como hacen los niños o las máquinas de coser. Enseguida se giró: encorvada como una bruja buena, desfiló hacia la puerta para ser engullida por las profundidades abisales de Downing Street.

Pero ahí está la fotografía, la única capaz de detener y robar instantes al tiempo. La única capaz de captar lo que al ojo no le da tiempo a ver. No es la sensación de derrota lo que nos conmueve de esa foto que ha dado la vuelta al mundo, sino las lágrimas en alguien que ha sido educada desde la cuna para esconder sus sentimientos. La sociedad, y en especial la británica, no permite expresar las emociones en público porque se considera signo de debilidad. Por eso dijo la escritora Natalia Ginsburg que «no hay nada más aburrido que una conversación inglesa, siempre pendiente de no rozar nada esencial, de quedarse en la superficie».

Lo que no sabía May es que llorar en público es un signo de fortaleza y que hay momentos en que la confesión de la debilidad, lejos de ser catastrófica, es la única vía posible para la empatía y el respeto de los demás. Ojalá muchos políticos españoles hubieran tenido el valor de llorar en público antes de desaparecer para siempre. Y si no sabían, que hubieran aprendido. Porque para llorar, nos dijo Cortázar en una de sus Instrucciones, solo hay que «dirigir la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca».

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL
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