Pactos, maquiavelos y mequetrefes


Oviedo

Hay dos razones para que alguien sea transparente ante nosotros: la confianza o la desconsideración. Si dos jefes hablan de enredos claramente privados delante de nosotros, no es por confianza sino porque nos ven como esos criados invisibles de las películas que ponen y recogen cubiertos mientras los señores hablan de devaluar la moneda o declarar una guerra sin reparar en su existencia. Los votantes ya hicimos nuestra parte. Ahora ellos tienen que negociar y acordar. Y estamos oyendo lo que no deberíamos oír, y no porque nos respeten. Nosotros ya votamos y podríamos tardar en volver a hacerlo. Así que, de tan pequeños, ya no nos ven y exhiben impudicias como si no hubiera nadie mirándolos.

Lo malo de los maquiavelos, como el recordado y respetado Rubalcaba, es que sus jugadas son complejas y opacas y se dirigen a fines ocultos. Lo bueno de ellos es que tienen oficio para el entendimiento y para ver el punto en el que las piezas encajan y la maquinaria funciona. Pablo Iglesias dijo que quería ministros de Podemos. Es algo que tenía que decir. Pero lo dijo muchas veces y muy tajante. El PSOE ganó con tanta claridad que cree que puede no tener socios. Se imagina una legislatura en la que los demás partidos serían boquitas hambrientas piando y que pactaría con unos y con otros, como quien reparte migas de pan a los patos. Así que Celaá se refiere a Podemos como un «acompañante». Dicen que quieren un gobierno monocolor, que es algo que también tenían que decir. Y también lo repiten demasiadas veces y con demasiada altivez. Cualquier maquiavelo sabe que en una negociación tienes que conseguir que lo que pretendes no parezca una derrota de la otra parte, porque entonces no te lo va a conceder. Con tanta insistencia, ahora parece que si hay ministros de Podemos «perdió» el PSOE y si el gobierno es monocolor perdió Podemos. Encima Ábalos agita el fantoche de nuevas elecciones. Si hay prolegómenos desdichados para llegar a acuerdos son estos. La jugada del PSOE es necia, porque lo último que necesita es una legislatura más empedrada de lo que ya se le anuncia. Y la de Podemos más necia aún, porque no está en condiciones de infligir «derrotas» al PSOE. Así que, con esta sequía de maquiavelos que velen por el Reino, y habiendo planteado una negociación donde todos los desenlaces son la derrota de alguien, no queda más opción que rebautizar el desenlace. Y así nos endilgan la chorrada del gobierno de «cooperación». Recordemos: si evitamos una palabra clara, es que no queremos decir lo que dice con claridad esa palabra. Como además no hay más posibilidades que lo que dicen las expresiones claras, lo del Gobierno de cooperación es lo que mi madre llamaría mierda pinchada en un palo.

Lo grave de todo esto es que en España no hubo elecciones con resultados inmanejables últimamente. El parlamento de las elecciones de 2015 era perfectamente normal para una legislatura normal. Y el de 2016 también. Y el actual también. La inestabilidad viene de dos perversiones: la pretensión de los principales partidos de forzar nuestro sistema electoral y la debilidad con la que el PSOE acepta el discurso falaz y antidemocrático de las derechas. Como no hay maquiavelos que lubriquen las piezas del Reino, el resultado es este chirrido que hace parecer que ningún parlamento vale porque no votamos como es debido. La primera perversión tiene que ver con dos características de nuestro sistema, que encima no me parecen mal: tenemos un sistema proporcional, no mayoritario; y parlamentario, no presidencialista. Lo primero quiere decir que el que gana no lo gana todo, como en el Reino Unido. Y lo segundo quiere decir que el que gana no gana con enormes poderes, como el Presidente de Francia o de EEUU, sino que depende del Parlamento. A nuestros políticos patrios esto no les gusta: creen que lo correcto es que si ganan lo ganan todo y que ganan con amplios poderes. Y entonces ponen pucheros y dicen a los demás que no sean tramposos y que le entreguen el Parlamento y poderes que no le corresponden. Rajoy entendió que él no tenía que llegar a ningún acuerdo y que era el PSOE quien tenía que regalarle los votos socialistas porque sí. Felipe González dejó por un momento sus negocios porque se sentía «frustraaado» porque Sánchez no votaba a Rajoy, los escribidores de Cebrián compararon a Sánchez con Trump y el brexit y finalmente la gestora de Javier Fernández malversó los votos socialistas regalándoselos a Rajoy. Un timo. El mismo que pretende ahora Sánchez y por lo mismo. Después de la campaña que perpetraron las derechas, sería una broma que ahora no fueran oposición, salvo un pacto a gran escala a la alemana. Pretender que dejen el trono a Sánchez sin más es fingir estar en un sistema electoral que no es el nuestro. En el nuestro Sánchez tiene que buscar apoyos ofreciendo acuerdos. Y los tiene que buscar con Unidas Podemos y tiene que hablar con los nacionalistas, sobre todo los de izquierdas. Y esto nos lleva a la segunda perversión.

La derecha es montuna, no ofrece más argumentos que la agitación de odios y el esparcimiento de falsedades. En su griterío enloquecido, Podemos es un populismo extremista, todos los nacionalistas son antiespañoles y terroristas y Sánchez es todo eso si pacta con ellos. Lo chocante no es que digan eso, porque así es como son. Lo chocante es que el PSOE acepte ese discurso. El PSOE no puede pactar con esta derecha y no hay otra. El PSOE no quiere guerra en Cataluña, ni despido libre, ni que veamos morir mujeres como vemos llover, ni que se burlen de los asesinados por los pistoleros de Franco. Mientras gritan barbaridades, las derechas quieren bajar los impuestos a los ricos, entregar nuestra sanidad al lucro privado, nuestra educación a la Iglesia y nuestra vejez a los bancos. El PSOE no quiere eso y tiene que hacer lo obvio: pactar con UP y negociar lo negociable con los nacionalistas, y de paso hacernos el favor de bajar la tensión territorial. La derecha no tiene que decirle al PSOE quién es España y quién es demócrata. El nacionalismo catalán en su conjunto es democrático. Yo ni quiero independencias ni siento la menor empatía por nacionalismos y zarandajas identitarias. Y aunque Torra sea un racista de desecho, el nacionalismo conservador catalán no se reduce ese monigote estrafalario y Junqueras tiene todas las credenciales y honorabilidad democráticas. Sánchez tiene toda la legitimidad para hablar con Esquerra, por lo fundamental: por España, faltaría más. Y más aún con Podemos. Podemos no es el extremismo de izquierdas simétrico al extremismo de derechas de Vox. Vox es machista, racista y xenófobo. ¿Cuáles son los rasgos equivalentes de extrema izquierda en Podemos? Podemos no quiere nacionalizar la Banca, Vox sí quiere eliminar las pensiones y privatizar sanidad y educación. Vox es un fascismo residual al que el PP no hace ascos y con el que C’s hace el ridículo. El espectáculo bufo de Andalucía ya está en la prensa europea. En Andalucía tenían la falsa coartada de la limpieza necesaria. ¿Y Madrid, cuna de todos los desfalcos y delitos? ¿Quién querrá en Europa que lo vean con Rivera?

Podemos tiene un papel clave que no va a desempeñar el PSOE ni desempeñó nunca IU. Pero si sigue pelándose como si fuera una cebolla buscando la chicha, solo se dará cuenta de que no hay más chicha que las capas que se va quitando cuando ya no quede nada. Tiene un papel clave porque el PSOE y la socialdemocracia parecen haberse convencido de que todo lo que hay que hacer es lo que se hace con el juego de mayorías, minorías y pactos. Pero las convicciones más firmes necesitan algo más que política, algo que los mayores recordarán vagamente y que los jóvenes socialistas a lo mejor leyeron en alguna parte: lucha. No puñetazos. Lucha. Rehuyendo la lucha, el PSOE deja que se legitime el discurso de la derecha y que no haya más pactos que los que ellos digan y que llamen ideología a educar la igualdad, mientras las escuelas de Opus segregan a sus anchas con dinero público. Si Podemos se desvanece y el PSOE no lucha, solo queda la famosa gente. Nosotros.

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