La deriva nacionalista, sectaria y conservadora de Rivera, Arrimadas y sus allegados ha provocado una grave crisis en Ciudadanos. La minoría liberal y reformista, obligada a tragar sapos, como el señor Igea, forzado a mantener el «régimen» del PP en Castilla y León; a irse a Bruselas, como el señor Garicano; o marginada del partido por criticar los acuerdos con la extrema derecha, como el señor Valls, parece haber decidido que se ha rebasado el límite. Este lunes se han conocido las dimisiones del asturiano Juan Vázquez, del portavoz económico, Toni Roldán, y del diputado Javier Nart, probablemente no sean las últimas.

Un partido que, como recordaba recientemente Francesc Carreras en El País, nació como una obra colectiva que comenzó a dirigir Albert Rivera casi por sorpresa, se había convertido en una organización personalista, en la que este dictaba la línea política sin aceptar divergencias públicas. Las falsas unanimidades han quedado en evidencia. Su definición como no nacionalista, liberal y reformista hace tiempo que había dejado de ser creíble.

En buena medida, la historia de los dos últimos siglos es la historia de las naciones. No hay una comunidad política independiente que no se considere oficialmente una nación, las que pretendieron consolidarse como multinacionales desaparecieron. El nacionalismo, convertido en patriotismo cuando las naciones se identificaron con estados, se mostró como una enorme fuerza movilizadora, capaz de oscurecer los intereses de clase y de contaminar todas las ideologías. Fue, y es, útil para justificar imperialismos y guerras; sirvió, y sirve, como coartada ideológica de todas las dictaduras, incluidas las sedicentes de izquierda. Solo el socialismo anarquista y marxista, mientras fue revolucionario y no participó del poder, predicó la desaparición de las naciones en nombre de la humanidad. El estalinismo recuperó el nacionalismo imperialista panruso, tenuemente disfrazado de patriotismo soviético o de sedicente internacionalismo. La socialdemocracia cayó con frecuencia en el chovinismo desde que alcanzó cotas de poder. No hay que remontarse a la Primera Guerra Mundial, hoy lo vemos tristemente en el norte de Europa.

Esta es una realidad que se ha visto agravada por la crisis económica iniciada en 2008 y que amenaza el futuro de la Unión Europea. Las izquierdas, desconcertadas tras la caída del denominado socialismo real y por la incapacidad de encontrar alternativas a las políticas conservadoras, llamadas neoliberales, se bandea entre la apropiación del patriotismo, en ridícula competición con la renacida ultraderecha, y sus casi olvidadas ideas solidarias e igualitarias. Todavía es en ese ámbito en el que el nacionalismo está menos arraigado, pero los fracasos electorales provocan peligrosas tentaciones. Quizá sea una visión demasiado pesimista, pero el sano cosmopolitismo, la idea de que el progreso, en todos los ámbitos, debe ser del conjunto de la humanidad y no de una parte que se imponga a las demás; la concepción, que compartieron los cristianos fieles al Evangelio y los revolucionarios demócratas y socialistas, de que todos los seres humanos somos hermanos independientemente de la legua que hablemos, la cultura o el color de la piel, ha quedado reducida a minorías ilustradas, o es tan débil en el conjunto de la sociedad que cualquier acontecimiento parece ser capaz de hacerla olvidar.

No era fácil, por tanto, que surgiese en este siglo XXI un partido que combatiese el nacionalismo sin caer en otro alternativo. Ciudadanos tuvo un componente nacionalista español desde su origen, pero este ha acabado por imponerse de forma rotunda a las tendencias socialdemócratas y liberales que participaron en su fundación.

El nacionalismo ha inclinado al partido hacia la derecha conservadora, al antisocialismo, al anticomunismo y a sentirse cómodo con el autoritarismo reaccionario. Este domingo, en una entrevista concedida a La Razón, Inés Arrimadas se negaba a definir a Vox como extrema derecha y lo calificaba de ultraconservador. Al mismo tiempo, censuraba al PP por haber pactado en otros tiempos con el PNV, un partido inequívocamente democrático, antes una España fascista que rota. Al fin y al cabo, Vox solo va un poco más allá: donde unos quieren centralizar el Estado quitando poder a las comunidades autónomas, los otros desean suprimirlas; si unos quieren marginar a los que consideran no constitucionalistas y cambiar la ley electoral para que tengan menos representación, los otros se proponen prohibirlos; los dos coinciden en bajar los impuestos a los ricos y recortar el estado del bienestar; ambos alcanzan el éxtasis con la bandera y el himno nacionales.

Rivera y Arrimadas habían impuesto el espíritu de Colón, con él obligarían a sus electores a elegir entre tres caras y tres colores, verde, azul y naranja, en los próximos comicios, pero no les podrían ofrecer, salvo giro inesperado, una opción moderada y centrista. De seguir así las cosas, no es improbable que parte vuelva al PP, alguno se incline por el nacionalismo más rotundo de Vox y los más centristas por el PSOE o la abstención. No sorprende la reacción del sector reformista.

Lo peor es que los pactos con PP y Ciudadanos han blanqueado a un Vox que, como hicieron tantos movimientos fascistas o ultraderechistas para alcanzar el poder, intenta adecentar su imagen, pero mantiene sus conexiones con las organizaciones

franquistas y a la mínima muestra su verdadero rostro, como el sábado el juez Serrano, el domingo el portavoz en la asamblea regional de Murcia, o el lunes Abascal expresando su cercanía con el líder pinochetista chileno.

El relativo fracaso electoral de Vox fue una buena noticia para la democracia, el giro de Ciudadanos hacia el nacionalismo radical y conservador la enturbia, que el PP esté dirigido por los señores Casado y García Egea tampoco tranquiliza.

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Los nacionalistas de Ciudadanos blanquean a Vox y destrozan el partido