Para la joven que llegaba a Gijón desde un pequeño pueblo como Caravia en los años 70, lo fácil hubiera sido quedarse al margen. Dedicarse a sus hijos, a su compañero y a lo que en la época se hacían llamar «labores del hogar». En definitiva, lo fácil hubiera sido ser «una buena mujer», tal y como se concebía en aquellos años en los que soplaban vientos de una libertad que quedaba a las puertas de las masculinidades, impuestas sin mayor argumento.
Pero las inquietudes y la voluntad de aquella mujer eran más fuertes que cualquier cortapisa que una sociedad pueda poner. Haciendo verdaderas piruetas y fruto de la casualidad iniciaba su activismo en el siempre activo movimiento de padres y madres. De repente, se vio delante de asambleas multitudinarias y al frente de decenas de reinvindicaciones a las que hacer frente. Sin miedo alguno y con esa fuerza inquebrantable que nunca le falta, se puso a la tarea con compromiso y tesón.
Llegaron pronto también los tiempos del feminismo, de las redes de mujeres, del encuentro de miles de experiencias de compañeras en los inicios de el hoy aún activo «Femenino y Plural» y del compromiso vecinal desde la perspectiva feminista en las Vocalías de la Mujer.
Ella siempre entendió el movimiento vecinal como una pasión, una pasión dura y sacrificada, pero al fin y al cabo pasión. Como la pasión con la que cuenta su famosa anécdota de cómo bajaban a Madrid de madrugada, en un viejo y pequeño coche, a las reuniones vecinales Juventino, Pepín y ella. Mostró con orgullo a nivel nacional el trabajo de las Mujeres Vecinales en Gijón y sus Vocalías. Puso palabra de mujer al movimiento vecinal gijonés en los debates de la Confederación Estatal junto a varios dirigentes gijoneses y asturianos, todos hombres, que aunque cercanos seguían gozando de un espacio público que a las mujeres les seguía costando un mundo conquistar.
La mujer que no quiso quedarse al margen continuó con su labor y en un momento que la Federación de Asociaciones Vecinales de Gijón pasaba una importante crisis, decidió dar un paso adelante y construir un proyecto renovador con el que recuperar el espíritu vecinal en nuestra ciudad. Lo intentó, lo trabajo y lo consiguió. Puso los cimientos de una realidad visible, de un movimiento ciudadano que hoy le debe mucho más de lo que podemos llegar a imaginar. Por ello, en su día a la FAV le fue otorgada la medalla de plata de la Villa bajo su mandato y hoy ella misma recogerá la medalla de plata en reconocimiento a una trayectoria digna de ese galardón.
Aunque muchas personas ya sabrán de quién les hablo, la mujer que no quiso quedarse al margen, se llama Bernardita Caravera Bada o como será siempre conocida, Tita.
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