El abrazo


Hay un cuadro de Picasso pintado en 1900 y así titulado que interpreta una forma de «ceñir con los brazos». Pero yo no puedo hoy referirme a él, ni al tan reproducido de Juan Genovés que ha sido el santo y seña pictórico de la Transición democrática española. Tengo que narrar, por fuerza, el último y doloroso abrazo que dio la vuelta al mundo, al aldabonazo en todas las conciencias biempensantes retratado en la estremecedora fotografía de la pequeña Valeria abrazada a su padre Oscar. Los dos habían muerto ahogados y yacen en la orilla de un río que intentaban cruzar a nado.

Están de espaldas, y el pequeño cuerpo de Valeria, que no había cumplido dos años, se oculta bajo la camiseta negra de su joven padre. A la altura del cuello sobresale el brazo infantil de su hija, que lo abraza por toda la eternidad.

La fotografía me recordó la de Aylan ahogado en las aguas turcas. Miré fijamente la foto mortuoria, el documento que denunciaba toda la hipocresía de un mundo con múltiples fronteras, me conmovió la expresión de sus caras que imaginé, los rostros que no eran visibles, el pantalón rojo remangado de Valeria y un algo sobrecogedor me obligó a detenerme a mirar sus zapatitos azules, nuevos.

Sucedió en el río Bravo a su paso por Matamoros, en México. Al otro lado estaba el paraíso inalcanzado, los Estados Unidos de América, la tierra de leche y miel. Esta familia de migrantes salvadoreños venía huyendo del hambre y de la miseria, de la falta de trabajo y la carencia de oportunidades. Les habían contado que más al norte habitaban la felicidad, el bienestar, que era la tierra prometida. No hizo falta que Trump levantara el muro, ni que polleros o coyotes, cuatreros de la esperanza, abandonaran a los jóvenes migrantes en el desierto. El muro era el río donde se ocultaba la muerte. Antes que ellos, en el pasado año fallecieron ahogadas 376 personas intentando cruzar a la otra orilla. El río los devuelve desde la otra orilla, la de la vida. No quiere ahogados que se queden a vivir en su tumba de agua; el río se diferencia de la mar, que acoge en sus sepulturas marinas a quienes lo abrazan para siempre.

Volverán a repetirse estas tragedias y veremos con frecuencia más retratos del espanto, de gritos silenciosos, de miradas yertas, de muerte, pero quienes creemos con Camus que todos somos extranjeros seguiremos denunciando que la muerte de un hombre, de una persona, es la muerte de toda la humanidad. Mi abrazo inmenso para esos dos cadáveres evitables.

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