Un amigo de Forcarei, emigrante en Venezuela, me contó hace años su «extraña experiencia psicológica». Había decidido emigrar porque, ante la grave precariedad de su economía familiar, no veía ninguna alternativa para «salir del paso». Para embarcar, había pedido dinero a sus vecinos y se había empeñado hasta las cejas, por lo que su necesidad de ganar algún salario había alcanzado cotas dramáticas. Y en estas andaba cuando, en la primavera de 1957, rezumando por todos los poros su angustia y su morriña, subió la pasarela del trasatlántico Begoña, en el puerto de Vigo. Tan sorprendido quedó ante los brillos del barco, y tan a gusto se sintió en aquella singladura que consideraba un lujo, que empezó a desear que la travesía fuese interminable, y que jamás se viese obligado a poner pie en el muelle de La Guaira. Años después, cuando ya tenía una casa con tres baños, un «haiga», y a todos sus hijos en la Universidad, seguía traumatizado por aquella experiencia que le había hecho confundir el camino con la meta, y por el hecho de que, en los momentos más dramáticos de la vida, la pura evasión había emergido con fuerza sobre la responsabilidad del deber.
De esto me acordaba ayer al ver a Pedro Sánchez, dulcemente instalado en la provisionalidad, tratando de alargar lo más posible el Gobierno «en funciones», y acariciando la idea de ir repitiendo elección tras elección, y bloqueo tras bloqueo, hasta alcanzar la edad de jubilación. Porque la historia del emigrante -que todavía vive- muestra con extraña exactitud el viaje de aquel Sánchez que, depuesto de la secretaría general del PSOE, pidió a sus amigos militantes los votos necesarios para comprar un pasaje hacia un mundo de fortuna. El que, poco después, con esos precarios recursos, se embarcó en el trasatlántico Moción de Censura, y se instaló en el camarote Moncloa, con balcón a las cubiertas de popa. Y que tan feliz y satisfecho se encuentra en su dulce provisionalidad, que lo que en realidad desea es que la travesía sea interminable, sin tener que poner pie en los muelles del gobierno real y de la dura política cotidiana.
Tras haber alcanzado la gloria de entrar en la Moncloa, que le garantiza el título de ex presidente para toda la eternidad, maquina ahora en alcanzar la eterna interinidad en la presidencia del Gobierno, tras haberse dado cuenta de que, mientras los presidentes verdaderos pueden caer y diluirse en la historia con la extraordinaria facilidad con la que él derribó a Rajoy, no existe formula constitucional alguna que permita echar de la Moncloa a un astuto estratega que consiga hacer una elección por año, que dé como apetecible resultado el total bloqueo del Congreso de los Diputados.
Nuestra política -artificialmente enmarañada y pedestre- es un soporífero sainete. Y el CIS ya pronosticó ayer que tras las elecciones del próximo noviembre habrá un nuevo bloqueo. Y todo apunta a que el inenarrable dueto formado por Sánchez y los electores españoles es, estrictamente, insuperable.
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