Iglesias, pecado de juventud

Pablo Iglesias
Pablo Iglesias

Voy a poner buena voluntad: el artículo de Pablo Iglesias en que se ofrece a revisar su exigencia de gobierno de coalición si fracasa en la votación de investidura quizá tenga una magnífica intención. Es, por lo menos, un intento de desbloqueo de una investidura que no tiene asegurados los apoyos precisos. Dado que, según confesión propia, Sánchez y él no han negociado, se pone por delante y le dice: «He aquí mis intenciones» y pone la pelota en el tejado del aspirante. Las primeras respuestas de los ministros son negativas. Incluso duramente negativas, con lo cual el desenlace de la investidura sigue estando plagado de incertidumbres.

¿Ha cometido algún error el señor Iglesias al publicar su propuesta? Desde luego. Digamos que la publicación es su pecado original. Quien recibe el texto como destinatario, Pedro Sánchez, tiene todo el derecho del mundo a sentirse molesto por varias razones: porque le deja quedar mal al recordarle su promesa de gobernar con Podemos; porque le somete a un desafío que pone a prueba su autoridad y porque le marca una senda de negociación que Sánchez puede interpretar como una sustracción de la iniciativa que le corresponde como líder del partido más votado. Lo siento por el señor Iglesias, pero son pecados de principiante, impropios de un político con un cierto bagaje de experiencia.

Después está el fondo del escrito. Pablo Iglesias no propone, como dice, cinco medidas para el gobierno. Propone cinco capítulos que, como las muñecas rusas, cada una encierra varios programas en su interior. Al referirse a Cataluña, que es uno de los grandes obstáculos para sentar a Podemos en el Consejo de Ministros, su oferta es generosa en cuanto a sus renuncias, porque no dice una palabra de autodeterminación y le deja todo el liderazgo al PSOE; pero es demasiado vaporosa en su descripción del diálogo y en su concepción del «Estado plurinacional». En una iniciativa de gobierno, el primer problema político del país no debiera despacharse con esas generalidades después de haber contribuido a la creación de un estado de opinión favorable a un referendo.

Creo, por tanto, que el señor Iglesias debió haber reservado sus importantes reflexiones para el diálogo directo con Sánchez. Al mostrar esas urgencias por publicitarlas se expone a un doble castigo: el del rechazo de los miembros del Gobierno en funciones y el de la falta de acompañamiento de una parte de la opinión publicada. «El que escribe se proscribe», decían los cínicos del periodismo hace medio siglo. Pablo Iglesias es mucho Pablo para proscribirse con un artículo. Pero, para medirse con un zorro como Pedro Sánchez, le sobran prisas, le falta mano izquierda y una pequeña dosis de maldad.

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