Clase política, reproche social


De mal en peor. En esas cuatro cortas palabras se resume el aprecio que la sociedad española siente por sus representantes políticos. Lo retrata la última encuesta del CIS, la que otorga al Partido Socialista el 40 por ciento de la intención directa de voto. Como es habitual, el Centro de Investigaciones Sociológicas preguntó por los mayores problemas que percibimos y es para inquietarse profundamente: la clase política en general salta del tercer puesto del escalafón al segundo. Más de un 32 por ciento de los consultados la consideran el problema más grave del país. Es un porcentaje creciente, porque en los barómetros de los últimos años «solo» pensaba así algo más de la cuarta parte de la sociedad. La percepción social es que la clase política no resuelve los problemas. Ella misma es el problema. En plena crisis de representación, no es una perspectiva alentadora.

Desde que se hizo el trabajo de campo de la encuesta, es posible que esta consideración haya empeorado, porque los grandes defectos que los ciudadanos perciben se han hecho más visibles. Aunque no todos tienen la misma responsabilidad, hemos visto cómo las ansias de poder y de sillones en el Consejo de Ministros dominan sobre los programas, que ni siquiera se han puesto sobre la mesa para negociar la formación de una mayoría. Hemos visto cómo el tacticismo es más importante que algo tan clásico y necesario como la voluntad de servicio a la nación. Hemos apreciado cómo el interés de partido se sigue imponiendo a los intereses nacionales. No hemos percibido un átomo de generosidad en las concesiones ni en las renuncias en quienes nos piden a nosotros generosidad y renuncias para sacar el país adelante. Hemos vuelto a comprobar cómo lo prometido en vibrantes campañas electorales se disuelve al día siguiente en un ceremonial de acciones oportunistas. Y, desde luego, no se puede aprobar políticamente a quienes son incapaces de sacar a este país del bloqueo en que ellos mismos nos han metido.

Lo peor es que resulta difícil salvar a alguien. Los defectos son comunes, igual que sus ambiciones. Los reproches que se hacen entre ellos son perfectamente reversibles. Y lo que más duele probablemente sea el mercadeo al que nos hacen asistir para la investidura de un presidente de Gobierno, para la de un presidente de autonomía o para la de un alcalde de pueblo. No saben repartir sacrificios para ayudar a la gente. Solo saben pedir y repartir lo que consideran prebendas. E ignoran lo que están haciendo al cavar esa fosa de desprestigio: abren el camino para que triunfen aspirantes oportunistas que encuentran su ocasión en el descrédito de la clase política. En algunos países ya se han hecho con el poder.

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