El desorden era, exactamente, esto

OPINIÓN

06 jul 2019 . Actualizado a las 12:55 h.

A finales del 2014, cuando las encuestas empezaron a pronosticar la fragmentación del Congreso, empecé a insistir en que el multipartidismo repentino -sin más motivo que una reacción obnubilada contra las dificultades del momento- nos llevaría, en una trágica secuencia, al desorden político, al caos sistémico y al desgobierno. Y, siguiendo los modelos teóricos de la democracia parlamentaria - «de tipo Westminster», decíamos en mis tiempos-, también advertí, reiteradamente, sobre los peligros que implican los procesos evolutivos que destruyen un modelo y una cultura democrática sin alumbrar otro.

Mi aversión a los movimientos asamblearios y populistas, a la hagiografía de los sentimientos y las emociones convertidos en motivadores del comportamiento político, y a los efectos que estas cosas produjeron sobre los partidos clásicos y sobre la (in)cultura política masivamente distribuida a través de las tertulias, los economistas y los politólogos mediáticos, siempre estuvo muy centrada en los riesgos que se derivan de pasar de la seguridad y la eficacia del sistema al desnorte y la esterilidad del desorden sistémico. Y por eso fui criticado por muchas personas y líderes de opinión que siguen creyendo que la democracia consiste en votar -o, en jerga catalana, decidir-, como si la previsión de los efectos del voto, y el control de los mecanismos y formalidades del sistema, no fuesen componentes esenciales del gobierno democrático.

Hoy ya puedo decirles que el desorden que pronostiqué era este. Un modelo en el que votamos más que nunca, pero nos gobernamos menos que nunca; que ha llenado el Congreso de partidos, confluencias, outsiders y vociferantes, pero que tiene aparcados, desde hace años, todos los temas y reformas importantes; y que improvisa decisiones u ocurrencias que deshilachan la coherencia jurídica y política del sistema. Tenemos una clase política guapa, joven, audaz, charlatana y twittera, que es incapaz de pactar nada serio, que paraliza la vida de las instituciones, que se muestra caprichosa e inconsistente, y que se instala con desenfado en la interinidad, el caos y el gobierno de la nada. Votamos más que nunca y como nos da la gana; hemos barrido los controles culturales y los hábitos del orden, la convivencia y la estética parlamentaria; y hemos fragmentado todo hasta hacer posible que en el Congreso entre cualquiera, diga y haga cualquier cosa, y triunfe -al estilo rufianesco- en todas las tertulias y redes sociales. Y el resultado es que llevamos casi cuatro años sumidos en la inestabilidad, la miseria intelectual y el desgobierno.

Que esta época vaya a ser conocida como Era Sánchez carece de importancia. Porque es evidente que, igual que «la violencia genera violencia», también el desorden llama al desorden, los mediocres a los mediocres, y los votantes irresponsables a la irresponsabilidad colectiva. En este desorden absoluto hemos puesto la mano absolutamente todos. Menos las teorías clásicas de la democracia, que nunca fallan.