Pero ¿quiere el PSOE pactar con Cs?

Dpa

Pocas veces en España desde 1977 se ha presionado tanto a un partido y desde instancias tan distintas para que siguiera un camino que sus principales dirigentes llevan meses rechazando con inequívoca insistencia.

Poderes económicos, fuerzas sociales, medios de comunicación e intelectuales de procedencia diferente sostienen desde el 28 abril que Ciudadanos debería cerrar con el PSOE un pacto que permitiría matar dos pájaros de un tiro: asentar un Gobierno estable, sostenido por la mayoría absoluta del Congreso, y neutralizar la influencia del independentismo, cuyos votos no serían así ya necesarios para asegurar la gobernabilidad.

Salvo, claro está, desde posiciones izquierdistas o nacionalistas, es difícil sostener que ese doble objetivo no resulte altamente deseable pensando en la defensa de los intereses generales. Como también lo es, creo, seguir afirmando, como lo hacen muchos de los que presionan a favor del acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos, que es este último partido y sobre todo Albert Rivera el único obstáculo para que aquel se haga realidad.

El hecho de que Ciudadanos acudiera a las elecciones proclamando en todas partes que echar a Sánchez era una «emergencia nacional» supone sin duda una gran dificultad para hacerlo ahora presidente. Solo quienes menosprecian el papel de las ofertas electorales en los sistema democráticos consideran la realizada por Ciudadanos algo baladí. Pero la dificultad para un pacto PSOE-Ciudadanos no procede solo del grave error de los segundos al fijar una paralizante línea roja, sino de un hecho que carece, al parecer, de la más mínima importancia: que -vamos a ser claros de una vez- el PSOE no quiere gobernar con Ciudadanos.

Si el PSOE tuviera verdadero interés en cerrar un pacto con Rivera, habría actuado de un modo que lo facilitara en lugar de convertirlo en imposible. En lo negativo: ni habría pactado en Navarra con los nacionalistas y con Bildu, ni lo habría hecho con los independentistas catalanes en más de medio centenar de ayuntamientos, ni el expresidente Zapatero andaría por ahí defendiendo el indulto a los separatistas insurrectos. En lo positivo: Sánchez, en lugar de «hacer consultas», confundiendo su papel con el del rey, realizaría a Ciudadanos una oferta de gobierno de coalición con una oferta de programa a negociar que partiese de que una fuerza tienen 123 diputados y la otra algo menos de la mitad.

Eso sería, claro, si el PSOE quisiera de verdad pactar con Ciudadanos y no cualquiera de estas dos cosas, aunque, para serles sincero, no sabría decirles en qué orden: o lograr que los naranjas le den gratis la presidencia a Sánchez y lo apoyen luego cuando y como le convenga; o, alternativamente, convertir a Rivera en el enemigo público número uno del país como supuesto responsable de un pacto del PSOE con Podemos y ERC que habría sido, desde el principio, el verdadero objetivo del sanchismo.

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