Ay, que nos vemos en las urnas


Si alguien se siente engañado o decepcionado por el resultado de la reunión Sánchez-Iglesias es porque quiere. Es porque quiere, porque los signos eran absolutamente inequívocos. Primer indicio: cuando la presidenta del Congreso Meritxell Batet facilitó el calendario de la investidura, quedó claro que ese calendario se establecía pensando en la posibilidad de repetir elecciones. Por eso se hicieron cuadrar las cuentas para que la fecha de la nueva cita con las urnas fuese el 10 de noviembre, que casualmente cae en domingo. Segundo indicio: cuando el Comité Federal del PSOE aprobó por unanimidad este pasado lunes que el Gobierno sería monocolor, era una respuesta claramente negativa a la demanda de Pablo Iglesias de entrar en el Consejo de Ministros. Y tercer indicio: cuando ese mismo Comité Federal acordó ofrecer a Podemos una propuesta política que se basaba exclusivamente en el programa electoral del PSOE y no se preocupó siquiera de hacérsela llegar a Pablo Iglesias, le enviaba una señal de menosprecio que algún periódico vio incluso como «una mofa».

Con lo cual, el destino de este país, salvo un milagro que nadie se atreve a pronosticar, el día 10 de noviembre nos vemos en las urnas. Ahora estamos en el comienzo de dos necesidades políticas de Pedro Sánchez que hace tiempo venimos anotando en estas páginas. Primero, encontrar una justificación para hacer inevitable esa repetición de elecciones. La brinda claramente la dificultad de un acuerdo: se repiten porque no queda más remedio. Y segundo, encontrar a quien echar la culpa de que haya que hacerlo. Y esos culpables son «los demás». Los demás son el Partido Popular, que quiere ser la oposición; el partido Ciudadanos, cuyo líder se niega incluso a reunirse con Sánchez, y Unidas Podemos al que, según informó ayer Adriana Lastra, «le preocupan más los nombres del Consejo de Ministros que los programas políticos».

¿Repetir elecciones es inevitable? En política no existe lo inevitable ni lo imposible. Cabe todavía la posibilidad de que Pablo Iglesias valore la caída de votos que le pronostica el CIS y acepte que más vale influir en el gobierno que pasar a ser intrascendente. Cabe también que no quiera pasar a la historia por impedir por segunda vez un gobierno de izquierda, detalle que manejó de forma muy hiriente la señora Lastra y no le quede más remedio que tragar ruedas de molino. Pero no alimentemos esperanzas: si Lastra no mintió, Podemos no quiere ni que se constituyan equipos negociadores. Me temo que le toca ser el malo de la película. Los socialistas le ganaron el primer asalto. Y todo por querer estar en el Consejo de Ministros, como si tuviese un derecho natural a exigirlo. Todo por esa comprensible, pero equivocada obsesión.

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