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Cada vez parecen más claros, y más alarmantes, los tres elementos esenciales del plan para la investidura que Pedro Sánchez viene manejando.

Primero: si Ciudadanos resiste el durísimo chantaje al que está siendo sometido para que se abstenga a cambio de nada, Rivera aparecería ante la opinión pública como el primer culpable de una eventual repetición electoral, lo que facilitaría al PSOE crecer, a costa del partido naranja, si aquella se produjera finalmente.

Segundo: de forma paralela, mantener abierta la presión sobre Podemos, incluso tras la rotunda negativa de ayer, dejaría a los de Iglesias dos opciones: o apoyar al PSOE a cambio de apoyarlo o sufrir, como Ciudadanos, un acoso sin cuartel destinado a demostrar que habría sido igualmente la ambición de poder sin límites del líder de Podemos la que obliga a Sánchez a llamar a los españoles a las urnas. ¿El objetivo? Crecer también en votos por la izquierda.

Tercero: mientras se dirigen a Rivera e Iglesias los respectivos ucases socialistas (o nos apoyáis sin rechistar, o por vuestra culpa iremos a unas elecciones que, ¡por supuesto!, Sánchez no desea), el PSOE solo hará concesiones a aquellos a los que, por lo que pudiera pasar, hay que tratar bien: es decir, al PNV, a Bildu y a los separatistas catalanes.

Estos tres elementos de la estrategia socialista -que necesita del apoyo monolítico que Sánchez obtuvo este lunes del PSOE y de la complicidad mediática que le facilitarían RTVE y las televisiones, radios y periódicos afines-, se resumen en uno, en realidad: o gobernamos solos (¡con 123 escaños!) o vamos a elecciones por culpa de la ambición, el egoísmo y la falta de sentido del Estado de los otros tres partidos nacionales, que perderían por ello votos a favor del socialista. En su hipótesis estratégica, pues, el PSOE siempre ganaría: ganaría si Sánchez logra ser investido sin compartir el poder con nadie (ni con Podemos, ni con Ciudadanos); y ganaría si hay elecciones, tal y como suponen los socialistas que se deduce del Informe Tezanos (una encuesta de verdad es otra cosa).

Tal proyecto -que, de tan plagado de imponderables y peligros, bien podría acabar para el PSOE como el cuento de la lechera- obvia en todo caso lo esencial, aquello que Sánchez siempre ha olvidado y despreciado desde que es uno de los hombres importantes de la política española: los intereses generales del país. Y es que si Sánchez saliera investido como pretende (con la abstención forzada de Ciudadanos, o el apoyo impuesto a Podemos, por el miedo a nuevas elecciones) muy difícilmente podría gobernar. Si no saliera, y fuésemos a las urnas, el país pagaría un precio inmenso en términos de imagen internacional (seríamos una Italia bis) sin que existieran garantías de que de esos nuevos comicios (¡gracias a Sánchez, los terceros en tres años!) saliera un Congreso que posibilitara la gobernabilidad. Pero a Sánchez todo eso le resbala.

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