Esperando el cabreo descomunal


En Madrid incluso los gallegos estamos acostumbrados a repetir elecciones. La primera oportunidad que tuvimos de arrepentirnos de nuestro voto fue hace 15 años, cuando dos diputados socialistas de la Asamblea regional (Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez) votaron contra su propio candidato, el señor Martínez Simancas, que entró en el pleno como presidente y salió como fracasado ridículo. Aquel episodio se conoce como el tamayazo y nunca hubo una explicación razonable. Simplemente hubo que volver a las urnas, de las que salió triunfante la derrotada tres meses antes, Esperanza Aguirre, que tendría un gran protagonismo hasta su retirada de la primera línea de combate.

El suceso fue espectacular, pero tampoco es manco lo que vimos ayer: un debate de investidura sin candidato a la investidura. No estoy seguro de que haya un caso similar en el mundo democrático que conocemos. Así que la sesión fue aprovechada por los jefes de cada grupo parlamentario para hacer propaganda de su partido, se fueron y no hubo más. Todo suspendido hasta septiembre, a ver si con dos meses por delante los partidos Popular, Ciudadanos y Vox son capaces de ponerse de acuerdo y Casado, Rivera y Abascal caben en la misma foto que tanto reclama el presidente de Vox. Tiene narices que por culpa de una puñetera foto los votantes de la Comunidad de Madrid tengan que esperar dos meses para dar una oportunidad al consenso entre afines y quizá otros tres más para volver a las urnas y, encima, gastar un dineral en la repetición de elecciones.

Pero así andamos, señores. Hay un partido que se llama Vox y que se ha plantado: el que quiera peces, que se moje el culo, y quien quiera sus doce votos en la Asamblea, que pague la factura. Y hay otro partido que se llama Ciudadanos y que huye de la contaminación de Vox como si tuviese tiña. Solo se deja retratar con el partido de Abascal en los segundos niveles y aún así no firma un acuerdo con él, no sea que lo consideren facha, machista o franquista. Ambos están a la greña diaria. Ayer, en el debate de no investidura la señora Rocío Monasterio le zurraba al señor Ignacio Aguado, de Ciudadanos, como si fuese comunista.

Este cronista la escuchaba, porque si prescindes de la ideología la señora Monasterio tiene un sonido muy agradable y mucho más dulce que sus programas electorales. Escuchaba también a los demás portavoces, todos contra Ciudadanos como si este partido fuese la encarnación del mal o la ubre de la que todos quieren mamar, y estuve a punto de enviarles a todos este mensaje: vale, amigos, sigan recreándose, que pagan los vecinos. Ustedes solo tienen que preocuparse de cobrar. Hasta que un día el pagano agarre un cabreo descomunal.

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