Las goteras de los aviones

dpa

La recién elegida presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, está interesadísima en aclarar las responsabilidades del expolio de Bankia que sufrimos los españoles. Lo que ocurre es que no se dan las condiciones para que pueda hacerlo. Muy a su pesar. Porque parece como si hubiese una conjunción planetaria, que diría la gran Leire Pajín, contra su exagerada vocación colaboradora.

Ahora, cuando parecía que íbamos a conocer las competencias del latrocinio, pues resulta que el cuestionario que le fue enviado se mojó durante el viaje en avión. Sí, sí, se mojó y quedó un poco deteriorado, lo que imposibilita que la señora Lagarde entienda lo que se le pregunta. Y es normal porque con las tormentas que caen en el Atlántico y lo mucho que llueve, lo milagroso hubiese sido que el documento llegara seco y en buen estado a Washington. Y más difícil aún, que la señora presidenta pudiera responder a lo que se le cuestionaba.

El caso es que mientras se aclara si el cuestionario cruzó el océano en un descapotable, o si se mojó porque Lagarde lo puso en la bolsa de los congelados, la presidenta se libra una vez más de decir lo que ocurrió con aquella entidad tan exitosa y tan bien gestionada a la que acabamos apoquinando 22.425 millones de euros para que pudiese seguir adelante. Un informe muy crítico del FMI que ella dirigía fue, en opinión de Rato, el detonante para su derrumbe y de ahí su declaración ante la Audiencia Nacional. Y eso es lo que se pretende aclarar.

Pero las cosas no siempre salen como se planifican, por muchas ansias de cooperación que existan. Y estando la señora Lagarde por medio, no salen nunca. Porque ella sí que no se moja. Su negativa a declarar por videoconferencia y a exigir un cuestionario dio origen a este episodio más propio de los tiempos de Magallanes. Con los adelantos de los que disponemos y van y envían el documento por avión. Y claro, así es normal que llegue empapado. No repararon en la cantidad de las goteras que tienen los aviones.

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