Ciudadanos: de Rosalía al «nasty party»


Desde su eclosión como fuerza política de ámbito nacional en el 2015, tras nueve años librando una meritoria batalla contra el totalitarismo nacionalista en Cataluña, Ciudadanos ha sido un partido mimado por los medios, que lo veían como la gran esperanza blanca para oxigenar un modelo bipartidista fosilizado sin necesidad de dinamitar el sistema, que era lo que ofrecía Podemos. Albert Rivera era por entonces una especie de Rosalía de la política. Estaba en todas partes y todos hablaban bien de él. Hubo incluso quienes se empeñaron en situarlo a la cabeza en las encuestas. Todavía en marzo del 2018, el sondeo de uno de los principales periódicos de España colocaba a Ciudadanos como la primera fuerza política nacional con un 29 % de los votos, a gran distancia del segundo, que era el PP con un 21,5 %, y del PSOE, tercero con un 19,4 %. Pero apenas dos meses después, pasó lo que pasó con una moción de censura. Y luego, en las elecciones del 2019, obtuvo solo un 15,86 % de los votos y quedó como tercera fuerza, por detrás del PSOE y el PP.

Más allá de haber defraudado las desmesuradas expectativas, lo más relevante es que Ciudadanos y su presidente, Albert Rivera, han pasado de ser cortejados por todos a convertirse en un partido y un líder que resultan antipáticos a todas las demás fuerzas políticas. Lo que los británicos llaman un nasty party. En ello ha influido sin duda el empeño de Rivera en ser el perejil de todas las salsas políticas y en acallar cualquier atisbo de discrepancia en su partido. Pero, sobre todo, su manifiesta deslealtad con todas aquellas fuerzas gracias a las cuales ha ido ocupando parcelas de poder. Ciudadanos pactó con el PSOE en Andalucía en el 2015 y contribuyó así a prolongar un régimen socialista de casi 40 años en esa comunidad. Y mantuvo ese acuerdo hasta septiembre del 2018, cuando el PSOE lo dirigía el mismo Pedro Sánchez del que ahora abomina. Ese pacto solo se rompió por interés electoral. Después, se convirtió en socio principal del Gobierno de Rajoy, al que sin embargo hizo la vida imposible, tachando todos los días de corrupto al líder y al partido con los que aprobaba las leyes en el Congreso. Fue la precipitada declaración de Rivera dando por finiquitada la legislatura tras una sentencia que condenaba al PP como partícipe a título lucrativo en la financiación de las campañas de dos ayuntamientos madrileños la que propició la rápida maniobra de Sánchez con su una moción de censura que luego Ciudadanos rechazó.

Ahora, el partido de Rivera ha entrado en decenas de ayuntamientos gracias a su pacto con el PP y a los votos de Vox. Pero insulta y desprecia cada día al partido de Abascal y ni siquiera se presta a aparecer en una foto con Pablo Casado para condenar a Bildu. El remate de esa actitud antipática ha sido rechazar acudir a una reunión con Pedro Sánchez y renunciar así a explorar cualquier fórmula que desbloquee la formación de gobierno. La única foto que le gustaría a Rivera sería la suya como presidente. Pero desde luego, así no la va a conseguir. Lo quiere todo, pero sin dar nada a cambio.

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