Asturias, momento decisivo


El inicio de la XI Legislatura en nuestra Comunidad Autónoma coincide con una coyuntura de cambios sobre los que, a la luz del tiempo, podremos apreciar su verdadera trascendencia. Por una parte, se produce un relevo generalizado y generacional en la dirigencia política de la Comunidad, representado en el nuevo Presidente, nacido en 1979, pero también en la cúpula de los partidos políticos y en buena parte de los miembros de la Junta General del Principado de Asturias. Muestra de ello son dos de los diputados que compusieron la mesa de edad: Alba Álvarez, socialista, nacida en 1988, ingeniera técnica agrícola y comercial de genética de vacuno lechero; y Álvaro Queipo, popular, nacido en 1989, ingeniero industrial en el sector de infraestructuras eléctricas y energías renovables. Todos ellos y otras figuras ascendentes, ejemplos de una generación que ha crecido en la resaca de las reconversiones y la melancolía regional, pero liberada de ensoñaciones de grandeza, habituada a los cambios, abierta al mundo en toda su amplitud y consciente del esfuerzo suplementario que requiere desarrollar una carrera con un pie puesto en Asturias. Por otra parte, el catálogo de amenazas para el porvenir de esta tierra, que esta hornada de responsables públicos tendrán que afrontar, aunque ya es conocido, no deja de ser abrumador. Tenemos una economía con músculo menguado, una tasa de actividad manifiestamente insuficiente, riesgos importantes sobre el corazón industrial sin que las alternativas tengan por ahora capacidad sustitoria y, en suma, un dinamismo social y económico limitado, acompañado de un escenario demográfico preocupante que alimenta el ciclo negativo. El tiempo se agota porque las importantísimas conquistas ?nada despreciables- de las últimas décadas, empezando por la alta calidad y el despliegue territorial de los servicios públicos y la sustancial cohesión social conseguida con políticas integradoras, no se mantendrán si nuestra dimensión productiva no se amplía.

El momento es crítico, en efecto, pero concurren elementos que nos permiten albergar esperanzas en nuestra capacidad de salir adelante, empezando por las múltiples iniciativas sociales, culturales y económicas que luchan por salir adelante y encontrar su sitio en Asturias. Y siguiendo por el voto de confianza que quienes encarnan el relevo político se han ganado a pulso. En los últimos meses hemos visto como el Presidente recién elegido ha demostrado máxima sensibilidad y cercanía a los problemas de Asturias, recorriéndola en sus cuatro esquinas y con los poros bien abiertos a las preocupaciones de una Comunidad que quiere pelear por su subsistencia y su relevancia. Además, no ha rehuido ni uno solo de los desafíos ni ha transmitido falsas recetas ni remedios milagrosos. Esperar que el liderazgo político esté a la altura del reto es, por lo tanto, posible. No lo tiene nada fácil el nuevo Presidente, porque las urgencias sociales y la huella de la crisis es aún patente; y los instrumentos de gestión a su alcance (empezando por la propia Administración) han experimentado cierto deterioro desde 2008, todavía no restañado. Además, el juego parlamentario puede impedir la necesaria estabilidad si Podemos insiste en no reflexionar sobre los errores del mandato pasado, donde apostó, en perjuicio propio, por la confrontación casi cotidiana con el PSOE en lugar de utilizar su influencia y escaños en una relación cooperativa. Lo mismo sucederá si Ciudadanos, perdida la referencia de Juan Vázquez (cuya experiencia y aportación en la confección de acuerdos hubiera sido indudablemente valiosa), persiste en el error de borrarse de cualquier eventual acuerdo, en una competición por ocupar el espacio de la derecha, donde tiene todas las de perder frente al PP.

Si se superan las dificultades y los tacticismos y se cambia el paso de la política regional, Asturias empezará un ciclo decisivo en su andadura autonómica. Igual que sucedió en 1983 con la presidencia de Pedro de Silva, momento fundacional en el que las políticas de equilibrio territorial y las bases del autogobierno quedaron sentadas. E igual que en 1999, cuando el inicio de la presidencia de Vicente Álvarez Areces se acompañó de una regeneración del tejido económico (luego en parte frustrada por la crisis, de causas exógenas a Asturias) y el fortalecimiento de los servicios públicos fue la guía principal que orientó la acción del Gobierno al recibir las grandes transferencias en materia educativa y sanitaria. Ahora, no se trata sólo de preservar los avances obtenidos y la calidad de vida en Asturias, también toca definir qué queremos ser en la próxima década. Una tarea a la que la sociedad asturiana está convocada, para construir un proyecto común de futuro, con futuro.

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