Sé muy bien que la Justicia occidental, privilegiada heredera del Derecho Romano y de sus revisiones bizantinas y germánicas, dispone hoy de normas procesales y penales probadas en mil avatares, cuya rectitud y eficacia suele quedar demostrada cuando, dejándonos llevar por una concepción utilitaria del derecho, tentamos a legisladores y jueces para que busquen la justicia por peligrosos atajos.
Hay que decir, sin embargo, que en aras de una mal interpretada función social del derecho, y del fachendoso endiosamiento de algunos jueces y fiscales posmodernos, resulta cada vez más frecuente ver alarmantes atajos procesales y probatorios que, intentando resolver con puras ocurrencias los medidos fundamentos de la acción judicial, empiezan a mostrar una cara de la Justicia que, en vez de representarse en la estatua con los ojos vendados, que usa la espada como fiel de la balanza, deja nuestras libertades y derechos a merced de improvisados genios y de oportunistas manoseadores de la lógica procesal más apodíctica. Por eso, con la intención de hacer visible este peligroso problema, voy a comentar brevemente la esperpéntica sentada en el banquillo del honorable Quim Torra.
No hace falta estudiar en Bolonia para saber que es imposible proclamar la República catalana sobre la base de unas leyes sustitutorias trajinadas coram populo en las instituciones del Estado, y tras darle una apariencia de rigor democrático mediante referendos ilegales y tramposos impulsados por las fake news de los medios de comunicación públicos, sin haber conculcado todos los códigos escritos desde Hammurabi hasta hoy. También es imposible creer que la paralización del sistema parlamentario catalán, el desprecio de la Constitución y de los símbolos e instituciones del Estado, la apertura de embajadas y los dispendios en las disparatadas campañas antiespañolas dirigidas por el propio Torra sigan siendo posibles en un país que inhabilita a los alcaldes por una dieta, y encarcela a los raperos por ser soeces y maleducados. Los graves delitos que se están juzgando en el Tribunal Superior de Cataluña no se cometen en un solo acto. Y por eso hay que preguntarse cómo es posible que Quim Torra haya llegado incólume hasta aquí, y haya sido recibido, con honores. en la puerta de las Salesas.
Por mí, vive Dios, que sigan así. Pero quien así hace las cosas, actúa como un bufón irresponsable cuando monta un proceso por la trapallada de los lazos amarillos, o cuando trata de inhabilitar a Torra para satisfacer el orgullo de quienes, como la Junta Electoral Central, tomaron decisiones infantiles e innecesarias sin medir sus consecuencias. Si no se va al paro por romper España en dos, tampoco se puede ir por no descolgar un trapo marelo. Porque esto demuestra que el Tribunal Superior catalán no se atrevió con los nacionalistas hasta que el Supremo, también a regañadientes, tuvo que intervenir. Pero eso me enerva, que quien antes fue de ‘tribunalito cobarde’, quiera dar ahora grandes lanzadas a todos los moros muertos. ¡Un bochorno!
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