Al principio son interjecciones, «¡Exacto!», «¡Eso mismo!». Luego uno de sus comentarios agudos e inteligentes, fruto de la reflexión, sobre «un mundo dominado por los hombres» (su tema). Lo importante es que el planeta entero la vea codeándose con los más grandes (un selecto corrillo en la cumbre del G20 compuesto por Macron, Theresa May, Justin Trudeau y Christine Lagarde). Lo importante es que el mundo entienda que, aunque es ‘la hija de’, baby para su papá, ella no es igual. No. Ella tiene otro estilo y el que haya sido objeto de mofa internacional durante días en periódicos y redes sociales es solo envidia cochina. Gajes del oficio. No. Porque mientras su padre insulta a las mujeres a golpe de tuit, ella prefiere conversar, hacerse con el interlocutor con una sonrisa y un comentario inteligente, aunque lo que diga nada tenga que ver con la conversación que mantienen los demás. Mientras su padre expulsa con desprecio a mujeres inmigrantes y las separa de sus hijos en su propio país, ella viaja a África para promover la iniciativa de prosperidad y desarrollo femenino de la Casa Blanca. Mientras su padre dice que «las mujeres embarazadas son un inconveniente para las empresas» o que «poner a una mujer a trabajar es algo muy peligroso», ella afirma, en una cumbre empresarial celebrada en Lima, que «invertir en las mujeres es un buen negocio». Por algo se ha convertido en nuestro adalid (que por cierto, ya es hora de que lo digamos, ¡qué suerte tenemos y qué poco agradecidas a Ivanka Trump estamos las mujeres del mundo!).

Sabemos que papá está muy orgulloso de su hija, hasta pensó nombrarla presidenta del Banco Mundial porque «es muy buena para los números» o buscarle un puesto en las Naciones Unidas porque es «una diplomática natural».

Pero me pregunto de qué hablarán Mr. President y baby cuando se queden a solas. ¿Se mirarán a los ojos? ¿Tendrán sus desavenencias y sus discusiones? ¿Le dirá ella «No daddy, en eso te equivocas» o «¡Exacto!», «¡Eso mismo!»…? Tal vez sí; tal vez no: la hipocresía tiene mil maneras de estar en el mundo. De momento me cuesta escoger entre la doble moral de la hija o la supina ignorancia del padre.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL
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