Investidura: la izquierda degenerada


Como convención solo para identificar el tiempo presente, que empezaría con el espionaje global de un puñado de personas para reorientar ideologías y consumos a la carta galopantes, y que finalizará cuando el silicio materialice el objetivo último de que uno sea una copia especular de los demás, denominaremos Tardo Postmodernismo a este tramo temporal.

La homogeneidad del pensamiento no es, como ustedes saben, nuevo. En las culturas neolíticas de Los Millares (Edad del Cobre) y de El Argar (Edad del Bronce) del sureste español, milenios IV y II BP, las poblaciones eran sometidas o embelesadas por las élites de la guerra y del sacerdocio. Lo que siguió, aquí y allá, fue el incremento exponencial de las poblaciones y del desarrollo científico-técnico que permitió a esas élites atrapar a ingentes cantidades de individuos que, desde el siglo XIX, sociólogos y filósofos llaman «masa».

Sin embargo, a nosotros nos parece que el concepto «masa» no informa en el Tardo Postmodernismo del envilecimiento que en la naturaleza de la masa han bosquejado los caudillos del Capital Universal y de la Red de Redes. Sería más preciso, creemos, sustituir el sustantivo «masa» por el de «chusma», documentado en el griego clásico como el conjunto de remeros que, al unísono, reman al compás de los tambores o del ritmo de la voz alta (alta-voz) de quien establecía la velocidad de un trirreme.

La efectividad alcanzada con la masa encandilada por los teorizantes totalitarios, de una barbarie ilimitada, fue tan devastadora en el siglo XX que no es posible fijar el número de víctimas que causó en los continentes habitados, pero que nos atrevemos a situar por encima de los 200 millones, sumando cadáveres (calaveras con Pol Pot), amputados físicos y psicológicos y otros heridos de gran gravedad, amén de torturados y desaparecidos. El Mundo del XX dio la talla de sí mismo.

La vulgaridad del mal se advierte cuando, todavía cercana la centuria última, la chusma en marcha retoma, ahora vía tela de araña (a)social retorcida por entramados económico-políticos, los criterios de raza, patria, lengua y bandera, que tiene en Cataluña la máxima visibilidad. Pero, al lado de este infortunio, la Tardo Postmodernidad nos pone frente a los ojos de otro, el de la degeneración de la izquierda, asimismo visible con la sustitución del significado de las palabras por el de sus antónimos: el demócrata es un fascista, y a la inversa.

El más delatador cuadro clínico de esta degeneración es el de la apropiación de toda conducta moral conforme a un manual ad hoc, pero no redactado para un fin concreto o para sustentar un argumento; no, es un manual surgido de las colectividades urbanas conectadas, retroalimentándose de la banalidad propia de las edades oscuras de la Historia en las que la escritura fue abandonada. Es posible que hoy mismo se llegue a los 50 millones de fotos que, en un solo día, se suben a las redes. Considerando también que los mensajes de texto son paupérrimos, que los individuos caminan por las calles con la vista y los dedos en sus móviles y que la enseñanza agoniza, revitalizándose por el contrario los contenidos culturales excluyentes, con sus lenguas y sus ombligos (a partir de ahora, también en Asturias: el socialismo de Adrián Barbón), no estaremos exagerando si decimos que esta es una nueva era oscura, y con una singularidad mayúscula: ha venido para quedarse.

El manual del buen progresista, carente de sustancia ética (cuando hay rastro de ella, los autores la obvian: chalet y depósitos bancarios de Pablo Iglesias e Irene Montero, los sueldos potosí de alcaldes y corporaciones, etcétera), resulta ser, finalmente, una recopilación de verdades reveladas que, como en las religiones monoteístas, son incontestables, y caen en herejía quienes las pongan en duda.

Esclarezcamos lo antedicho: sÍ resulta tajante el socialismo del siglo XIX y buena parte del XX en que las izquierdas deben ser más universales que particulares, CCOO y UGT de Cataluña y ELA en el País Vasco han dejado de ser de izquierdas, al igual que Podemos, ERC, la CUP, PSC, EH Bildu, PSE-EE, PSN, PSPV, IB-PSOE. Pero si abandonamos el escaque socioeconómico y nos situamos en el filosófico ético-legal, Kant dejó asentada la doctrina de que un Estado es democrático cuando cumple la ley que lo sustenta, posición esta que expulsa al PSOE de Pedro Sánchez de la ética, de la legalidad constitucional y de la izquierda solidaria.

Otro ejemplo de por dónde va la moda pseudo progresista (derivada de la mercantil y, por tanto, masiva y cegadora) es el despotismo de las feministas extremas que llegan a negar principios biológicos elementales, como el de la distinción entre los sexos, para quienes esa tal distinción es cultural. Ni XX ni XY, solo cultura burguesa de dominación, o dogma que ha de ser asumido para no ser tildado de misógino. El movimiento LGTBI, por su parte, hace de la defensa de sus derechos un espectáculo, cuando la libertad y la igualdad se contienen a sí mismos.

Mucho peor, desde luego, es la fatua por la que la feligresía tiene que rendir homenajes públicos a los etarras (cerca de 200 en los últimos diecisiete meses), implantar el terror en Alsasua o boicotear en Rentería mítines de los adversarios.

Así pues, esta semana del 22 será la de una in-vestidura cuya sustancia no será que no haya traje para vestir a Sánchez, ni vicepresidencia para Iglesias, ambos con un super-yo freudiano incompatible con la humildad que requiere la tarea de gobernar para el pueblo. Lo sustancial será el fariseísmo, el fraude a los más de trece millones de desesperados, el chantaje de los nacionalismos xenófobos y la escenificación en sede parlamentaria del puritanismo de las izquierdas, más cruel que el de las derechas por ser trásfuga. O sea, tránsfuga por degeneración.

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