Lo que de verdad importa


Hay una generalizada sensación de alivio por el final de la desazonadora etapa de negociaciones para la formación de gobierno. No es fácil cambiar las costumbres y todavía no se ha creado una cultura de pactos y coaliciones, inevitable cuando no hay un partido mayoritario. Ahora, lo que de verdad importa es que se llegue a un acuerdo sólido, que permita al nuevo ejecutivo aprovechar la bonanza económica que todavía disfrutamos y realizar las reformas que permitan consolidarla y mejorar las condiciones de vida de la ciudadanía. En todos los sentidos, también en las reglas de convivencia, en la garantía de la libertad y la igualdad y en la recuperación de la confianza en las instituciones. La derrota de la derecha autoritaria, machista y nacionalista no debe caer en saco roto.

Siempre ha sido complejo poner de acuerdo a formaciones políticas que no solo tienen ideas y programas distintos, sino también intereses contrapuestos a medio y largo plazo. Nunca se sabe quién va a resultar más favorecido por una coalición. Lo peor, lo que ha contaminado este tiempo de negociación, es que lo que sí se ha instalado sólidamente en España es la cultura de la inmediatez, de la sociedad de la mala y sobreabundante información y, paradójicamente, del olvido. El bombardeo de frases hechas y banalidades, ciertas o falsas, y el abandono de los razonamientos, provocado por el modo Twitter que se ha impuesto en la política, conducen a que ni siquiera los protagonistas parezcan acordarse de lo que sostenían hace solo unos meses. A modo de ejemplo: la minoría más numerosa no tiene mayoría, debe conseguirla con acuerdos y esto era tan válido en las anteriores elecciones municipales o generales para el PP como ahora lo es para el PSOE. En ningún país democrático gobierna automáticamente la lista más votada si tiene un 30% o menos de los sufragios. Los «premios», peligrosos, como pudo verse en Turquía, siempre exigen más respaldo. Otra cosa sería un sistema mayoritario a doble vuelta, que obligaría a cambiar la Constitución y limitaría la posibilidad de elección de los ciudadanos porque conduce al bipartidismo. Lo de elegir solo al presidente a doble vuelta, que también se ha dicho, tendría la ventaja de ser claramente republicano, al rey se le quitarían hasta las consultas, pero el problema es que un gobierno necesita mayoría parlamentaria, no se puede gobernar sin presupuestos y sin sacar adelante ninguna ley.

Un gobierno de coalición entre el PSOE y UP siempre sumó. A poco que se esfuerce, tiene garantizados 173 diputados, la mayoría es ahora de 174, le bastaría con la abstención de Esquerra o Bildu, que parece fácil sin pacto previo porque temen a un tripartito de derecha. Al final se reconoció que el principal problema no era el programa, todos saben que tendrán que hacer concesiones, sino el temor a un gobierno bicéfalo de hecho si Pablo Iglesias ocupase un ministerio. No tendría por qué ser así, Europa está llena de ejemplos en que los líderes de los partidos minoritarios entran en el gobierno, pero en España es la primera experiencia desde el restablecimiento de la democracia en 1977, lo importante que se produzca y se agradece la cesión del líder de Unidas Podemos.

Estos días se constituyeron también el gobierno de Asturias y la diputación de León. Los traigo a colación porque en las tomas de posesión de los nuevos presidentes salieron a relucir problemas muy parecidos: la atonía económica, el envejecimiento, la despoblación. Afectan a la mayoría de España, sobre todo a la interior, salvo Madrid, y al oeste, pero en estos dos casos la sensación de decadencia es más acusada por rápida y relativamente reciente. León llegó a tener 584.594 habitantes en 1960 y 520.433 en 1991, hoy tiene 459.681, la edad media es de 49 años; Asturias alcanzó su pico de población en 1981, 1.129.556 habitantes, y ha bajado, hasta 1.022.670, aunque su densidad está en los 96 h/km2, superior a la media española, mientras que León ha bajado de los 30. León nunca tuvo un desarrollo industrial como el asturiano, pero se vio también afectada de forma traumática por el fin de la minería del carbón.

Durante mucho tiempo se creyó que bastaría con mejorar las comunicaciones para relanzar la economía, hoy León las tiene excelentes, pero parece que solo sirven para que los jóvenes se vayan con mayor facilidad. Tenía razón Adrián Barbón al afirmar que es el momento de superar la «queja lastimera». Cuando entren en funcionamiento los nuevos túneles ferroviarios, Asturias ya no podrá considerarse mal comunicada. Es un acierto que sean utilizados para el transporte de mercancías, por encima de lamentos demagógicos sobre unos minutos de retraso para los viajeros. El turismo, y menos el de fin de semana, no va a crear empleos suficientes, ni lo bastante estables y atractivos, para evitar que emigren los jóvenes. El objetivo debe ser recuperar la actividad industrial y comercial. El camino está en impulsar proyectos como el de Torneros en León, finalizar de una vez los accesos a la ZALIA y al puerto del Musel, un activo único que beneficiará a las dos regiones, crear las condiciones para que lleguen nuevas empresas y proteger a las que existen.

No se trata solo de fortalecer las áreas centrales a uno y otro lado de la cordillera, también hay que asentar la población rural, lo que exige ofrecerle servicios como Internet, no únicamente carreteras, pero también asistencia sanitaria adecuada, guarderías públicas y escuelas. No hay en León una política sería de turismo, no se favorece la conservación de la arquitectura rural ni del paisaje, pobre Cabrera. No hay información adecuada y de calidad, muchos monumentos situados fuera de las ciudades son difíciles de visitar. Influye el tamaño de la comunidad, en la que la provincia es en muchos sentidos periférica, pero algo podrá hacer la nueva diputación, aunque solo sea convencer a los alcaldes de que un castro atrae menos turismo que un pueblo bien conservado, rutas de senderismo, el ecoturismo en granjas, etc... Podría conceder ayudas y orientación para la rehabilitación, no la destrucción y reinvención, de las viviendas y otros edificios o para la hostelería rural, entre otras cosas.

Ya tenemos, o pronto tendremos, gobiernos, lo verdaderamente importante es que sean eficaces y no piensen solo en modo Twitter. Los partidos de la izquierda que constituirán el de España tienen una gran responsabilidad, el empleo y la desigualdad social son dos cuestiones fundamentales que también deben abordarse estimulando el progreso de las regiones empobrecidas.

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