Doña Meritxell Batet, que no da puntada sin hilo ni con hilo, gestionó los tiempos de la investidura para que la votación de hoy no coincida con la Ofrenda Nacional al Patrón de las Españas (así se decía antes, y así volveremos a decir si Sánchez vuelve a camelar a los independentistas). Por eso abrirá la sesión a las 13.30 -cuando en la UE se empieza a almorzar-, para que los españoles sepamos si tenemos presidente -o no- entre las 15 y las 15.30.
Toda España estará pendiente de esta breve y enrevesada sesión. Pero no porque estemos ilusionados por tener, al fin, un presidente que nos gobierne; sino porque vamos a asistir al desenlace de lo que, en la lógica tradicional, se conocía como dilema. El dilema es -definido por San Jerónimo en el siglo V- un argumento con dos cuernos y dos alternativas, de tal suerte que si escoges la alternativa A te empitona el cuerno derecho, y si optas por la B te empitona el izquierdo. Lo que vamos a ver es una sesión dramática, en la que sus señorías deben decidir si nos empitonan unas nuevas elecciones, o lo hace un gobierno incongruente y con una sorda y venenosa contienda interna, que primero nos meterá en jaleos y gastos y después nos llevará a otra disolución anticipada de las cámaras. ‘Es lo que hay’, nos dirá Carmen Calvo con su impresionante y peculiar enjundia.
Los que piensan que la investidura de Sánchez nos metería en plena normalidad democrática deben revisar las evoluciones políticas de los últimos seis meses y lo dicho en la sesión de investidura, para ver que una cosa es obtener la investidura y otra gobernar. Y los que piensan que la repetición de elecciones es una alternativa peor que cualquier otra, deberán guardar memoria de este razonamiento para volver a revisarlo cuando la mayoría Frankenstein repita lo que le es propio y natural -como se dice del alacrán que pica a la rana- y exija la creación del desorden estructural en el que se hacen posibles todas las ensoñaciones.
Pero el último párrafo de este artículo lo voy a dedicar a los que protestan a diario por mi tozuda insistencia en que los electores también estamos implicados en esta quiebra de la política. Porque votar es asumir la responsabilidad de nuestra decisión, y porque somos nosotros los que una y otra vez confiamos nuestro futuro a parlamentos heterogéneos e ingobernables. No logramos que gane la derecha, ni el centro, ni la izquierda. No sabemos si queremos que la derecha lo sea de verdad, o el centro de mentira, o la izquierda se sitúe, como Sánchez, en el centro. Nos parece lógico que, mientras se negocia con el populismo de izquierda, se pida la investidura a las derechas. Porque el problema no es, en términos estrictos, que los políticos no quieran o no sepan pactar, sino que están tratando con parlamentos rayanos en la ingobernabilidad. Y cuanto antes asumamos el poder y la responsabilidad que tenemos como ciudadanos -ya que en eso consiste la democracia- antes saldremos de este desgraciado y ya quinquenal embrollo.
Comentarios