Para que sea posible formar gobierno hay que aceptar el resultado de las elecciones


Han pasado más de tres meses desde las elecciones y lo peor no es que Pedro Sánchez, el líder del partido más votado, no haya conseguido formar gobierno, sino que da la impresión de vivir en una ensoñación y, si no despierta, será difícil que lo consiga. Tanto él como sus ministros y colaboradores repiten hasta la saciedad que todos los partidos deben facilitarle la investidura porque así lo han querido los españoles, sin darse cuenta, al parecer, de que si así fuese pedírselo sería innecesario. Es más, no haría falta que hubiesen sido todos, ni siquiera la mayoría, con el voto de un 40% de los españoles habría sido suficiente para no tener que solicitarle favores a nadie. Lo malo es que solo el 28,6% de los votantes, poco más de uno de cada cuatro, dijo en las elecciones que deseaba al señor Sánchez como presidente del gobierno, el 71,4% hubiera preferido a otro. En consecuencia, el PSOE consiguió 123 escaños de 350.

Con esos resultados, el acuerdo no es una opción, es una necesidad. Había cuatro posibilidades: la llamada gran coalición con el primer partido de la oposición, un gobierno de centroizquierda con Ciudadanos, un gobierno de izquierda con Unidas Podemos y el apoyo de Compromís, PRC y PNV, que solo necesitaría la abstención de ERC, y un gobierno en solitario del PSOE, al que los demás apoyarían por motivos patrióticos. Las dos primeras se mostraron inviables porque no existe el partido centrista. Para que pudiera darse la gran coalición, un recurso excepcional que puede perjudicar a los dos partidos implicados, el PP debería ser claramente el primer partido de la oposición y no tener la amenaza de un competidor, el problema es que Ciudadanos ha decidido luchar para convertirse en el primer partido de la derecha y le está pisando los talones. Así, ninguno de los dos puede convertirse en socio del PSOE, su guerra es otra. De las dos últimas opciones, la primera es viable, solo exige un acuerdo entre el PSOE y UP que no sea inaceptable para los socios menores, claramente dispuestos a apoyarla. El gobierno en solitario con 123 diputados no solo es difícil porque no parece claro que ninguno de los otros tres grandes partidos deba sentirse obligado a facilitarlo, sino porque después tendría que gobernar en mínima minoría.

Hay un problema añadido en la estrategia del PSOE y es la respuesta a una sencilla pregunta ¿Para qué quiere formar gobierno? Decía un destacado político liberal progresista del siglo XIX que «ningún gobierno muere por representar demasiado un principio, sino por dejar de representarlo». ¿Todos los socios son iguales? ¿Cuáles serían los principios de un gobierno acordado entre el PSOE y Ciudadanos o el PP?

El candidato Sánchez eludió en el debate de investidura fallido el problema de Cataluña, pero si preside el gobierno deberá afrontarlo. UP dijo públicamente que aceptaba aparcar la reivindicación de un referéndum. Sin este escollo, podría coincidir con el PSOE en la vía del diálogo y de la búsqueda de soluciones dentro de la Constitución. En cambio, Ciudadanos y PP siguen aferrados a la recentralización del Estado y la aplicación en Cataluña de un 155 indefinido de dudosa constitucionalidad. Ciudadanos mantiene, además, las propuestas de supresión del cupo vasco y de las diputaciones provinciales.

Algo parecido sucede con la legislación laboral ¿Está más cerca el PSOE de UP y de los sindicatos o del partido de Marcos de Quinto y del que sacó adelante las normas que quiere modificar? ¿Y en la defensa de la igualdad y los derechos de las mujeres? ¿Y sobre los derechos y libertades? En resumen ¿podría llegar a un acuerdo de gobierno con los partidos de la manifestación de Colón? Una cosa es que busque necesariamente pactos de estado sobre cuestiones fundamentales como las pensiones, la justicia, la educación, la posible reforma de la Constitución, la mejora de la ley electoral o las propias relaciones laborales, ojalá consiguiese alguno, pero gobernar es otra cosa. No basta con la investidura contando con solo 123 diputados y una derecha arriscada. Hace falta un acuerdo de legislatura, un programa de gobierno que cuente con apoyo mayoritario en las Cortes. Es necesario aprobar anualmente los presupuestos, el parlamento debe legislar.

Nadie se explica que, en vez de coquetear con partidos que defienden cosas contrapuestas, no abriese negociaciones formales sobre un programa de gobierno con las fuerzas que, al menos en principio, le son más afines. Después llegaría el debate sobre la composición del gabinete, de forma sería y discreta. Algo que no debería resultar muy difícil según lo que traslució de la atropellada y semipública negociación anterior, nadie logró ver diferencias abismales entre unos y otros.

El caso portugués, que tanto le gusta al señor Sánchez, es muy diferente al español. Allí ganó claramente las elecciones el centroderecha, con el 37%, pero no logró formar gobierno porque la cámara tenía mayoría de izquierda. El PS, el segundo partido, obtuvo el 32%, más que el PSOE aquí en abril, y la diferencia con los otros dos partidos de izquierda era mucho mayor que la de los socialistas españoles con Unidas Podemos. Eso no quita que un acuerdo de gobierno sin coalición sea una posibilidad, pero es innegable que UP tiene derecho a pedirla si lo considera preferible. Evidentemente, si se llegase a ella, en el programa y en el gobierno el peso del PSOE debería ser mucho mayor y el pacto debería incluir un compromiso de lealtad entre los firmantes, no solo el PSOE debe olvidarse de ensoñaciones.

Lo peor que podría suceder es que la música amable del señor Tezanos haga caer al PSOE en un sueño más profundo. Hay que estar muy alejado de la realidad para no comprender que, después de todo lo que pasó desde 2015, unas nuevas elecciones supondrían un fracaso para la toda izquierda, la demostración de que es incapaz de pactar un gobierno para España. Solo podría resultar fortalecida una derecha de la que sus electores sí saben que, sea cual sea el resultado, si puede pactará, con Vox incluido.

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