¿Superiores a quién?


Estados Unidos es un país de unas dimensiones solo comparables a sus propias contradicciones. Todo en esta nación que ha acabado por devorar el nombre completo de su continente, América, es desproporcionado. América es ese lugar que se tambalea a diario entre la inteligencia superlativa de sus 377 premios Nobel y la sangre de las 251 masacres colectivas que suma solo en lo que va de año. Entre Thomas Pynchon y Donald Trump. Entre Megan Rapinoe y Dick Cheney. 

Estados Unidos es una de esas películas de Quentin Tarantino en las que, al final, todos acaban muertos y con la cabellera arrancada.

A los que, a pesar de ese lado oscuro, amamos América, nos cuesta defenderla cuando leemos que, tras el tiroteo del sábado, hubo inmigrantes mexicanos que prefirieron no acudir a los hospitales a curar sus heridas para no acabar deportados. Tampoco podemos digerir a los partidarios de la pena de muerte (como decía Chumy Chúmez, este debate tiene una solución sencilla: la pena de muerte solo debería aplicarse a los partidarios de la pena de muerte). Apenas contenemos las náuseas cuando habla la Asociación Nacional del Rifle. Y, más que nada, nos revolvemos contra el discurso supremacista de los hombres blancos anglosajones y protestantes (WASP). Uno observa la foto de Patrick Crusius, el asesino de El Paso, y piensa: ¿Cómo podía este chico sentirse superior a nadie?

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