Los orígenes del «brexit»


desde la década de los 90 se viene imponiendo la idea de la asimetría y la heterogeneidad en la Unión Europea. Es decir, el concepto de una Europa ‘a varias velocidades’. Pero la crisis de EE.UU. en el 2007 y la crisis de deuda en algunos países europeos -que la prensa británica calificó despectivamente con el acrónimo PIGS o cerdos, por sus iniciales en inglés (Portugal, Italia, Grecia y España)- fue un choque en el desarrollo de la Unión. A partir del 2009, la crisis obligó a acelerar la integración política y económica. Esto no fue aceptado por los conservadores británicos. El entonces primer ministro David Cameron aprovechó el momento y quiso reformar la Unión para volver a tener competencias transferidas sin molestar al resto. Pero esto suponía ir en otra dirección. La Europa de dos velocidades era difícil pero sostenible; la Europa de los caminos distintos, no.

Gran Bretaña nunca creyó en los Estados Unidos de Europa. Su integración se debió a graves problemas económicos y al fracaso de la EFTA, con los países escandinavos, que fue un invento suyo. Tampoco los ciudadanos británicos fueron muy entusiastas del europeísmo. Desde que Cameron llegó al Gobierno, los británicos se alejaron más de Europa. En el 2009 su partido, conservador, abandonó el grupo del PPE y criticaron la elección del presidente de la Comisión negando la validez del proceso de spitzenkandidaten (primer candidato en una lista electoral), por el que las principales familias políticas en el Parlamento intentaban apuntalar los cimientos de la unión política al plantear un proceso por el que los ciudadanos votaban indirectamente al líder del Ejecutivo comunitario. Por cierto, la misma táctica que empleó -y fracasó- Pedro Sánchez como cabeza negociadora de los socialdemócratas en las últimas elecciones europeas. Pero Cameron también se negó a firmar el pacto fiscal en el 2011 y se opuso a que su país se integrara en la unión bancaria. Para su política interna y ganarle terreno al UKIP se opuso a la inmigración -se negaron a pagar los rescates de los inmigrantes en el Mediterráneo en su aportación al presupuesto europeo- y quiso poner restricciones a los ciudadanos comunitarios. La respuesta alemana fue contundente: la libre circulación es una línea roja. No habrá restricciones.

Cameron siguió echando leña al fuego. Propició y permitió un referendo de autodeterminación en Escocia -¿qué pasaría hoy con el resultado?- y anunció otro para el 2017, si salía reelegido, donde plantearía abiertamente si Gran Bretaña quería seguir o no en la Unión Europea. Dicho y hecho. Actuó como un político irresponsable porque en el fondo Cameron lo que quería era negociar un nuevo estatus para los británicos dentro de la Unión, y si se le concedía haría campaña a favor de la permanencia.

Su irresponsabilidad nos ha llevado a todos los europeos a una situación muy dura, y más dura, si cabe, a los ciudadanos británicos, cuyas consecuencias aún están por ver. Aunque no pintan nada bien. El acuerdo con la UE ya está pactado y la fecha límite de la marcha también. Los avatares de la historia han hecho que le suceda Boris Johnson. Las espadas están en alto pero habrá pelea.

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