Si cae Italia


Durante las últimas décadas Italia se ha revelado como el laboratorio del deterioro del sistema democrático occidental y nos ha ido mostrando anticipadamente las distintas fases de su degradación, con la complacencia, sino el aliento, de un electorado a medio camino entre el cinismo y la frivolidad política. Primero contemplamos como la corrupción carcomía las estructuras de los partidos políticos tradicionales hasta el derribo, incluyendo la fuga de un ex primer ministro (Craxi). Después, cómo triunfaba en la era Berlusconi la mezcla promiscua de poder económico y político, envuelta en la estética grosera del abuso, el culto al dinero y la exitosa banalización del mensaje y sus formas. Entre medias, asistimos la incapacidad de la izquierda para construir una alternativa sólida cuando ha tenido oportunidad para ello, enfrascada en su proverbial desunión y sus propias contradicciones y debilidades (evidenciadas de un plumazo en el «D’Alema, di’ una cosa de sinistra», de la película Aprile de Nani Moretti). En los últimos capítulos, cada vez más tenebrosos, observamos como un país con sus instituciones en crisis y su economía en serio riesgo (130% del PIB de deuda pública, la prima de riesgo de la zona euro más elevada excepto Grecia, el crecimiento del PIB estancado en el 0,1%, etc.) se entrega al aquelarre populista experimentando con un gobierno de fuerzas antitéticas en muchos de sus postulados, sólo unidas por su vocación pretendidamente antisistema, su aversión a la integración europea y su más o menos disimulada (poco, en el caso de la Lega) xenofobia. Como corolario, un primer ministro (Giuseppe Conti), de perfil taciturno, que se ha prestado a encabezar el engendro mientras el ultraderechista Salvini ocupaba día tras día la escena política, la agenda pública y el debate mediático, sorteando todo tipo de críticas (sin que le dañe ni el pasado secesionista padano ni la investigación en curso de la Fiscalía sobre la posible financiación rusa de los «patriotas» de La Lega). Ahora que Salvini ya tiene el 37% de intención de voto en las encuestas; ahora que las elecciones al Parlamento Europeo han certificado que el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) se tambalea en su probada inconsistencia e ineficacia; ahora que Salvini ha conseguido convertir la inmigración es el gran chivo expiatorio sobre el que cargar los muchos males del país (por cierto, con un problema serio de envejecimiento y de falta de dinamismo demográfico); ahora es el momento perfecto para desprenderse de un sencillo golpecito del pelele del Palacio de Chigi y del M5S, forzar la convocatoria electoral y formar con el aval de las urnas un gobierno a la vanguardia del nacional-populismo, a imagen y semejanza del político milanés, un auténtico veterano que se las sabe todas (Salvini, aunque de 46 años, lleva desde 1993 en responsabilidades públicas). Un hombre que no ha tenido empacho en pedir, a la manera mussoliniana y descarnadamente autoritaria, plenos poderes; no en vano, ya ha utilizado otras veces sin reparo citas del dictador fascista en repetidas ocasiones (incluido el «tanti nemeci, tanto onore», para despachar las críticas). Este hombre liderará probablemente el gobierno italiano si el Presidente Mattarella, dique de contención contra el extremismo, no es capaz de obrar el milagro para evitarlo, animando la constitución de una mayoría parlamentaria distinta sin necesidad de acudir a comicios.

Tendemos, equivocadamente, a infravalorar la relevancia de lo que sucede en Italia, ahora y siempre, pese a que se trata de un país central en la construcción europea (del grupo fundador de 6 países de las comunidades), miembro del G-7, tercera economía de la eurozona y foco generador de tendencias culturales, políticas y sociales, tanto en lo bueno como en lo malo. La imagen simpática y atrayente de Italia que nos hemos forjado por muchas razones, entre ellas por la poderosísima fuerza de su historia, su inmenso patrimonio cultural, su capacidad creativa y por el estilo de vida desenfadado -llamémoslo así- que colectiva y superficialmente les atribuimos, hace que perdonemos algunos de los pecadillos que la deriva política del país arrastra. Pero no debemos perder la perspectiva, puesto que mucho de lo que hemos visto suceder en la política italiana ha sido el prólogo de lo luego reproducido, con sus particularidades, en otros países. Cobrarse la pieza italiana es, además, un salto cualitativo en la involución política del continente y un riesgo mayor para la estabilidad macroeconómica de la zona euro, vista la irresponsabilidad fiscal que preconiza La Lega y la hostilidad contra la moneda única (y sus reglas) que han calificado de «crimen contra la humanidad». Más aún, es una amenaza hasta ahora inusitada para la continuidad del proyecto comunitario. En efecto, no es cosa menor la abierta hostilidad de Salvini hacia la Unión Europea y su vocación de liderazgo, en tándem con Le Pen, de las corrientes nacional-populistas, cuya coordinación y capacidad destructiva (pese al irremediable choque nacionalista entre ellas al que llevaría su triunfo) no se puede minusvalorar, desde su reunión de Coblenza (enero de 2017). Mientras tanto, dicho sea de paso, los países que pueden, desde la izquierda, oponer un modelo sustancialmente distinto, se debaten en la incertidumbre, véase el ejemplo español (¿qué más se necesita para advertir del peligro de un gobierno participado o condicionado por Vox o con el PP y C’s disputándole la radicalidad del nacionalismo patrio?).

Aunque sin los tintes dramáticos del momento, tendremos que, parafraseando a César Vallejo (España, aparta de mí ese cáliz, 1937), preguntarnos qué pasará si cae Italia -digo, es un decir-, si la sociedad civil italiana, otras veces tan vital, no despierta frente a la demagogia y el ensueño autoritario de estos infaustos dirigentes y su retórica disgregadora y violenta.

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