No repetir este bochorno


La situación en la que se ha encontrado estas dos últimas semanas el Open Arms, con 147 migrantes a bordo sin poder atracar en un puerto seguro en territorio europeo, reabre una vez más el debate de la Unión Europa en la política de inmigración. Bajo la excusa de que las competencias recaen en cada estado miembro, los dirigentes europeos actúan bochornosamente tirándose la pelota a ver quién se hace cargo de gente que no tiene ya nada que perder, pues las atrocidades que han sufrido desde sus países de origen hasta que han embarcado en una lancha en las costas de Libia han sido espeluznantes. Aunque parezca mentira, puede que en el barco español estén viviendo los mejores momentos de sus vidas en los últimos años, con lo cual si las imágenes de su hacinamiento nos causa estupor, no me quiero ni imaginar otras instantáneas denigrantes, humillantes y vergonzosas acontecidas en sus travesías.

La pregunta que cabe hacerse es qué puede hacer uno en este mundo justo y qué respuesta debe dar su país ante este hecho. ¿Aplaudir a Richard Gere es una de las posibilidades? ¿Difundir todos los mensajes que desde la organización han enviado para dar a conocer la situación en el barco…? Al final parece que sin la publicidad de los medios de comunicación no nos enteramos de nada.

Cuando estalló la guerra en Siria y miles de refugiados intentaron llegar a Europa, todos (y me incluyo) nos apuntamos al Bienvenidos Refugiados porque considerábamos que era justo que esa gente pudiera seguir sus vidas sin miedo, trabajando y, como no, contribuyendo al bienestar y a la multiculturalidad de Europa. Al principio, los 28 consideraron que aunque deberían repartirse la acogida a estas personas, también era importante pagar a Turquía para evitar que continuaran llegando. La frontera entre México y Estados Unidos es otro ejemplo de cómo dos mundos unidos geográficamente pueden lamentablemente ser tan distantes, tan diferentes y tan duros para quienes lo único que quieren hacer es vivir en un lugar digno, con garantías de supervivencia y de no ser posible presas de carteles de la droga o de mafias de todo tipo. En CeutaMelilla, islas Canarias y en el estrecho de Gibraltar conocen bien esta situación, que en determinadas épocas del año tiene más transcendencia mediática y vuelve a poner en la agenda política qué hay que hacer. ¿Quitamos las concertinas o las dejamos hasta que vuelvan a acordarse los periodistas de que siguen ahí puestas?

Ayuda muy poco una UE insolidaria, donde la ultraderecha ha aumentado su presencia en los últimos años (Salvini es el mejor ejemplo) y donde conservadores y liberales han preferido comprar el mensaje de «no entramos todos». La izquierda en este asunto no anda a mi juicio muy atenta, puesto que ni se escucha su mensaje ni se ve que tenga una coherencia entre lo efectuado en el pasado (con el Aquarius a la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa) con lo realizado en el presente. Es por ello que el drama de muertes en el Mediterráneo, más aquellas personas que acceden saltando las vallas de nuestras dos ciudades autónomas, no puede solucionarse sin que la UE intervenga. Estas personas no entran en España ni en Italia (muchos además desean continuar viaje a otros países), que también. Entran en territorio europeo y como tal los 28 deben ser solidarios y deben coordinarse las actuaciones. Es imprescindible evitar de cara al futuro el bochorno ejercido estos diez días, donde personas que no son ni de segunda ni de tercera, sino tan de primera como cualquier otro ser humano, han tenido que estar esperando por una decisión que no debería llevar ni diez minutos tomar. Ojalá siempre reluzca la Europa de los derechos humanos y de la dignidad por encima de cualquier cosa.

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