En enero del 2002, en una sala del hospital de Mulago, el doctor Kasangaki me ofreció una Coca-Cola para saciar la sed. Rápidamente, antes de que pudiera agradecerle el gesto, el doctor Mendonça Caridad, a quien yo había seguido hasta Uganda para certificar en La Voz de Galicia su corazón solidario, echó mano de la cartera y obligó a su colega a aceptarle un billete de cinco dólares. Más tarde, a mi requerimiento, Mendonça me explicó el intríngulis de la escena vivida. No podía permitir el generoso obsequio que me hacía Kasangaki: suponía poco menos que la mitad de su salario diario.

Kasangaki y Ekoku, formados en las universidades de China y Ucrania, eran los dos únicos cirujanos maxilofaciales con que contaba Uganda. Cobraban unos 300 dólares al mes, cantidad muy superior a las habituales en aquel país, pero todavía hoy insuficiente para adquirir un botella de vino Quinta do Vale Meao. La que Marcos de Quinto descorcha cada vez que lo insultan «gentuza» como Ignasi Guardans, «cómplices de la infamia» como Valls, algún «pedazo de cretino y troll de mierda» o, por no singularizar, la «teocracia izquierdista» en general.

Por aquel entonces, cuando comenzaba la expansión cocacolonizadora del este africano, Marcos de Quinto ya presidía Coca-Cola Iberia, con jurisdicción sobre las tierras de España y Portugal. Todavía, seguramente por razones de mercadotecnia y lealtad a su cruzada, no le chiflaba tanto el vino. Ni el portugués ni el riojano. «No tomo calimocho, pero no por no estropear el vino, sino la Coca-Cola», afirmó en una entrevista, sin que le aflorase ni moviese ninguna neurona entre la brillantina del cráneo. Todavía el ricachón no había abrazado la res publica ni España era consciente, hasta que el inefable Albert Rivera la sacó de su enajenación, de «la suerte de tener personas como Marcos de Quinto». Ahora lo tenemos y además, desde que Antonio Roldán saltó por la ventana para escapar de la demencial deriva ultra de Rivera, convertido en portavoz de Economía y tuitero de cabecera de Ciudadanos.

Sus dos últimas aportaciones dan idea de la calaña del personaje. Por él nos enteramos de que el Open Arms, cuya odisea avergüenza a Europa, transporta a «bien comidos pasajeros» que «costearon su pasaje con las mafias». No es un barco a la espera de un puerto de acogida, con 107 desheredados de la tierra en su vientre, sino un crucero de placer por las costas de Italia. Y por él sabemos también que padecemos un colosal déficit de educación y que «no es agradable tener que soportar continuamente a tanto deficitario educacional».

En esto último tiene razón y no tiene que remitirse al informe PISA para demostrarlo. Basta con que se mire al espejo. De no padecer esa cojera educacional, sabría distinguir entre el pobre hombre que es y el hombre pobre que no es. O sabría que hay palabras con acepciones contrapuestas en el diccionario: miserable es una persona «extremadamente pobre», pero también una persona «ruin y canalla». Elija el lector la más apropiada para nuestro personaje.

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Los miserables del Open Arms