Antonio Rugarcía Cosío, el mecenas discreto


Puedo imaginarme a un niño espabilado, observador, discreto, trabajador y de humilde actitud. Puedo perfectamente imaginarme a Antonio Rugarcía Cosío «Toño», siendo un niño, y despuntando con estas cualidades que ha sabido conservar y mantener como un preciado tesoro a lo largo de su vida, consciente de que era el heredero y transmisor del inmenso legado de valores de sus antepasados.

Con la sierra del Cuera por testigo y bajo la atenta y vigilante mirada del Picu Peñamellera, desde la ribera del Cares y desde la aldea de Para, Toño se empapó desde muy chico de la cultura en la que había nacido y en la que se sentía muy a gusto. 

Y en sus juegos y entretenimientos de infancia, los bolos comenzaron a ser cruciales. No solo eran una forma inteligente, amena y pacífica de pasar un rato agradable. Eran una manera de relacionarse y de hacer amigos, algo que a Toño siempre le ha llenado el espíritu.

Porque si algo destaca en la personalidad de Antonio Rugarcía es su noble sentido de la amistad y de la lealtad. Toño se ha pasado la vida ayudando y protegiendo a amigos y familiares, y es que él no entiende la vida sin los valores solidarios que nos hacen un poco más humanos.

Y lo cierto es que con estos principios, el juego y deporte de los bolos le viene como anillo al dedo. Porque ha practicado esta modalidad desde niño, no tanto para competir, sino para compartir; no para rivalizar, sino para fraguar amistades; no para exhibir sus cualidades, sino para ayudar a los que las tienen.

Quienes han seguido sus pasos y sus acciones en el mundo de los bolos, saben muy bien que Toño, tanto desde la Peña Covadonga, que ya iniciaran su cuñado Luis y su hermana María, como desde fuera de ella, siempre, siempre ha estado ahí. Para prestar apoyo y orientación al que empieza; para dar su hombro al que ya está terminando; para dar cobijo a los que tienen un proyecto; para guardar secretos y silencios; para pregonar las bondades de los bolos y de la cultura asturiana, y para defender desde la bonhomía la identidad de su tierra.

Exento de toda vanidad personal y deportiva, la historia de Toño con el deporte es un amor a primera vista, para disfrutar sanamente de los buenos momentos que nos regala la vida. Así que especialmente los bolos, pero también el ciclismo y la pesca, le han dado muchas alegrías. Y siempre las ha compartido con sencillez con la familia, los amigos y los conocidos.

Y precisamente no quisiera pasar por alto la importancia de la familia para este espontáneo y discreto mecenas del deporte tradicional como es Antonio Rugarcía. Porque las vocaciones y devociones de Toño siempre se han sustentado en la profunda unión familiar, con sus padres, Telva y Eugenio, con su hermana María, con su dulce esposa Mari, con su hijos Sofía y Luis, y ahora con sus nietas Mesilda y Telva.

Ha sabido compartir con su familia y sus amigos sus grandes aficiones, porque Toño es un hombre de aficiones, que sabe compaginar equilibradamente con sus responsabilidades como empresario y cabeza de familia. Eterno cumplidor de su deber, sabe buscar un hueco para dedicarle a lo que le apasiona, sin abandonar la trinchera cotidiana, en la que es el primero en llegar y el último en marchar.

Es evidente que el mundo de los bolos en esta comarca oriental de Asturias le debe mucho a Antonio Rugarcía, pero no solo los bolos le deben a Toño. Asturias le debe mucho a este hostelero en el límite fronterizo y cultural de dos comunidades hermanas, Asturias y Cantabria, porque ha sabido pelear desde el sosiego y la concordia por un acervo cultural que de no ser por personas como él estaría extinguido.

Antonio Rugarcía Cosío es un defensor incansable de los valores de convivencia, de las costumbres y tradiciones, y en definitiva de la cultura de esta Asturias nuestra que necesita personas como él para caminar con brío hacia un futuro sólido.

Toño ha sabido custodiar el legado recibido, hacerlo suyo y elevarlo al rango de arte, y así ha hecho con el deporte de los bolos.

Antonio Rugarcía es todo un ejemplo de constancia, esfuerzo, solidaridad y generosidad. Un mecenas discreto y abnegado que amplía los horizontes de la cultura asturiana.

Por eso, el premio Pico Peñamellera que acaba de recibir estos días es más que oportuno y justo.

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