Antonio Rugarcía Cosío, el mecenas discreto

OPINIÓN

26 ago 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Puedo imaginarme a un niño espabilado, observador, discreto, trabajador y de humilde actitud. Puedo perfectamente imaginarme a Antonio Rugarcía Cosío «Toño», siendo un niño, y despuntando con estas cualidades que ha sabido conservar y mantener como un preciado tesoro a lo largo de su vida, consciente de que era el heredero y transmisor del inmenso legado de valores de sus antepasados.

Con la sierra del Cuera por testigo y bajo la atenta y vigilante mirada del Picu Peñamellera, desde la ribera del Cares y desde la aldea de Para, Toño se empapó desde muy chico de la cultura en la que había nacido y en la que se sentía muy a gusto. 

Y en sus juegos y entretenimientos de infancia, los bolos comenzaron a ser cruciales. No solo eran una forma inteligente, amena y pacífica de pasar un rato agradable. Eran una manera de relacionarse y de hacer amigos, algo que a Toño siempre le ha llenado el espíritu.