Un golpe es un golpe

dpa

Como cuando los árboles que no nos dejan ver el bosque, la preocupación por el desenlace del brexit nos oculta la trascendencia y los efectos secundarios que va a tener la decisión de cerrar la Cámara de los Comunes. La jugada del conservador Boris Johnson para que los parlamentarios no puedan controlar al Gobierno ante una salida abrupta de la UE es de una gravedad extrema, por mucho que la decisión esté dentro de la legalidad.

Una democracia tan asentada como la británica y un parlamentarismo tan ejemplar acaban de decirle al mundo que los gobiernos están por encima de todo, y que eso de que los parlamentos nacieron para control de los ejecutivos, menos en Gran Bretaña que lo hizo para controlar al rey, es un cuento que queda muy bien para adornar los libros de texto. Por lo que estamos viendo, hoy el Parlamento no cuenta y se utiliza en función de las necesidades del Ejecutivo.

El demagogo Johnson, sea cual sea el final de la historia y aunque la oposición o los tribunales sean quienes de frenar su paranoia, no solo perdió la vergüenza y la compostura sino que ha roto las reglas básicas del juego democrático. Hizo trizas los valores democráticos. Y eso es mucho más grave que cualquier resultado final de un brexit sea duro, blando, esponjoso o delicado. Pero también nos ha abierto los ojos. Se extiende la moda de poner parlamentos al servicio de los gobiernos; exactamente lo contrario para lo que fueron creados. Y ejemplos, puede que no tan descarados, tenemos bien próximos.

Pueden vestir la decisión de acallar a la oposición para que no controle al ejecutivo británico como quieran. Pueden callarse todos los líderes europeos y reservar fuerzas para Nicolás Maduro, que es especialista en este tipo de maniobras. Pero lo de Johnson es un golpe al parlamentarismo en toda regla. Un golpe de Estado. De una gravedad suprema. Es una coz a la libertad y a la democracia. Y al parlamentarismo, que creíamos tan sagrado.

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