Casado y el drama de la corrupción

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

05 sep 2019 . Actualizado a las 09:14 h.

Además del programa Sánchez y la respuesta de Iglesias, otro asunto agitó la política española estos últimos días: las imputaciones del juez García Castellón en su instrucción de la trama Púnica: el desvío de dinero público de la Comunidad de Madrid al Partido Popular para la financiación ilícita de tres campañas electorales. Que uno de los nombres sea el de Esperanza Aguirre, lideresa mítica en la comunidad, da a las imputaciones trascendencia especial. Que el juez la considere autora de los métodos y controladora de la supuesta caja b, añade un elemento morboso al episodio, porque la señora Aguirre siempre negó y sigue negando que tuviese algo que ver con esos fraudes, hasta el punto de que considera falsos todos los indicios que señala el juez. Y que las imputaciones se publiquen cuando estaba abierta la posibilidad de repetir las elecciones aporta un ingrediente político que Pedro Sánchez habrá anotado: un PP otra vez acorralado por la corrupción es un buen escenario para ir a las urnas.

 Esto merece alguna reflexión. El PP de Pablo Casado no ha tenido nada que ver con los escándalos que todavía andan por los juzgados. Los de Madrid, en concreto, corresponden a etapas muy anteriores. Sus dirigentes actuales son jóvenes y nuevos y, que se sepa, no estuvieron ni están implicados en ningún caso. Eso les permite el lujo de hablar de sí mismos y de su presidente como los representantes y ejecutores de la ansiada regeneración. Y, sin embargo, les toca pagar por los pecados de sus antecesores en cualquier nivel de responsabilidad y con un agravante: en este país una imputación no es una sentencia judicial; pero sí supone una sentencia popular. Basta ser imputado para que la sociedad condene. Y basta un auto judicial para que se ponga en marcha la explotación partidista. Lo demostró Pedro Sánchez en su discurso de presentación de las 370 medidas: aprovechó la noticia de Esperanza Aguirre para volver a calificar de corrupto al Partido Popular, aunque no viniese a cuento.

Sería normal que en el PP cundiese el desánimo: ¿de qué sirve renovar y regenerar si los demás partidos y parte de la opinión publicada siguen presentando la corrupción pretérita como actual? ¿Cuándo prescribe un presunto delito o un antecedente de corrupción en la contienda política? ¿Qué hay que hacer para que lo pasado sea efectivamente pasado? Ese es el primer drama con que se encuentra el señor Casado y se seguirá encontrando hasta que haya sentencia. Creo que debemos felicitarnos de que la corrupción no se perdone. Pero creo que debe inquietarnos la escasa valoración que se da a los esfuerzos de regeneración. Quizá porque son invisibles. Ya le ocurrió, y muy duramente, a Mariano Rajoy.