Ha muerto Camilo Sesto, el inclasificable bardo del amor, uno de los tres o cuatro grandes compositores de la música melódica en español de los años 70 y comienzos de los 80. Olvidado y arrinconado en la ultratumba a la que tiende este país, Camilo Sesto llevó al paroxismo desde 1973 y durante una década ininterrumpida decenas de canciones enamoradas de amor y de desamor, temas que ya son reliquia y clásicos en vida. Amor… amar, Algo de mí, ¿Quieres ser mi amante?, Jamás, Mi buen amor, Melina, Vivir así es morir de amor… Hitos de la música popular en español creadas por un chaval de Alcoy que comenzó cantando en bodas en los años 60 y que con el paso del tiempo se convirtió en un ídolo de masas, inimitable.

¿Pero quién era Camilo Sesto? El hombre que se quitó una x de su apellido espurio, un músico de éxito intuitivo, un artista que amaba la introspección y los baños de multitudes, el empresario que introdujo los musicales en España, el freak que convirtió su rostro en una caricatura de museo de cera, la voz incontenible de Getsemaní, el hombre solo, el autor de cerca de una treintena de canciones memorables, el guardián de una intimidad inviolable. ¿Un cantautor? ¿Por qué no? Con una carrera paralela en el tiempo a Serrat o Aute pero con otra dimensión. Un sex symbol también, sin ambigüedades sexuales al principio, en aquella España del Florida Park y el Directísimo, de las incipientes teles en color. Una vida de discos de platino, cuando había discos.

Hay un momento clave en la vida de Camilo. En 1975, dos semanas antes de la muerte del dictador, estrena Jesucristo Superstar en el Alcalá-Palace. Es una apuesta por subvertir su carrera y su imagen, es una apuesta por entregarse a otros tiempos, tan enamorado estaba del musical de Lloyd Webber. Camilo se juega su fortuna personal (y su fama) en un musical que tocaba las teclas de un hippismo amaestrado pero revolucionario para aquel país tan pacato. Fue un éxito impresionante, con la huella de Jaime Azpilicueta y Nacho Artime, con Ángela Carrasco y Teddy Bautista; el Getsemaní de Camilo nunca ha sido superado por ninguna versión. Pero el Jesucristo Superstar no supuso el Rubicón que pudo haber sido y Sesto no fue nuestro Bowie patrio. El cisne no brotó. Meses después, Gillette le ofreció raparse la barba a cambio de un pastón (que donó) en un ejercicio metafórico que significaba la vuelta y el fin de la transformación. Siguió haciendo grandes canciones, las de siempre, con su dicción levantina, su voz majestuosa, sin apenas cambios: solo en 1979 se dejó seducir por los aires de los Bee Gees del Saturday Night Fever de Robert Stigwood en un par de temas de su álbum Horas de amor. Ese rasgo de contemporaneidad fue enterrado; nunca más se entregó a las modas.

Porque a su manera fue siempre el mismo. Un ídolo absoluto en Latinoamérica, una sombra admirada en los años 90 y en este siglo por unos cuantos fans a este lado del Atlántico, siempre con la espina de no haber penetrado en el mercado anglosajón como merecía. Sus canciones han sido la banda sonora de aquellos tiempos de El Lute, de José María Ìñigo, de Isabel Preysler y de Juan Carlos I. Incluso cuando llegó el postpunk y una horda de chavales entre los que me encuentro se volcaron en Joy Division o Siouxsie y los Banshees, la presencia de Camilo seguía allí, escultural, aunque silenciada. Entonces, en 1982, en los hervores de la España que estaba tomando forma, compuso Perdóname, su última grandísima canción, su canto de sirena. Luego vino el hiato y la gloria, que ya no le abandonará.

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El gran amor de Camilo Sesto