Las botas de Napoleón


En la isla de Santa Elena buscan a alguien para que haga de Napoleón. Como se sabe, el de verdad estuvo allí confinado después de la batalla de Waterloo, hasta su muerte. Este es el principal capital turístico del que dispone esta colonia británica perdida en el Atlántico sur, a casi dos mil kilómetros de África, y en la que hasta hace poco ni siquiera había aeropuerto. Tenían ya a un tipo que hacía de Napoleón, un isleño que, vestido con las ropas del emperador, enseñaba a los visitantes la casa en la que el Gran Corso agonizó en su encierro; pero se hartó de hacer ese papel sin cobrar y emigró a Europa, así que ahora las autoridades de la isla han sacado un anuncio pidiendo más voluntarios.

Lo curioso es que los candidatos que se solicitan no tienen que parecerse a Napoleón. De hecho, el imitador que se fue no se le parecía nada, ni siquiera era de la misma raza. A quien tienen que parecerse es al imitador mismo, porque el traje y las botas se confeccionaron a su medida y no van a mandar hacer otras. Santa Elena es un país pobre que vive de emitir sellos para coleccionistas. También se dice en la oferta de empleo que el candidato debe tener «don de gentes, saber relacionarse con dignatarios extranjeros», y que no es necesario saber francés. Napoleón tampoco hablaba demasiado bien el francés, como se ve en sus cartas, salpicadas de patadas al diccionario -sus lenguas maternas eran el corso y el italiano-. Tampoco tenía demasiado don de gentes, y sus relaciones con los dignatarios extranjeros fueron notoriamente hostiles. Así que se puede decir que este es un puesto de Napoleón para el que, paradójicamente, no valdría Napoleón; como aquella historia apócrifa del concurso de imitadores de Charlot al que se presentó el propio Charlot de incógnito y quedó de último.

Ya que el puesto que ofrecen en Santa Elena no está remunerado, yo creo que tendrían que enfocarlo directamente a los locos que se creen Napoleón, y que son los únicos que albergan el suficiente entusiasmo como para hacerlo gratis. Yo me interesé durante un tiempo por la cuestión y descubrí que esa forma particular de locura surgió en 1840 en Francia, cuando se repatriaron los restos del emperador desde Santa Elena y se produjo una oleada de nostalgia. En un solo manicomio entraron 14 Napoleones de golpe, peleándose entre ellos y exigiéndoles a los enfermeros que les tratasen como a déspotas. Ahí nació la iconografía clásica del tipo con la mano al pecho y el embudo en la cabeza que salía en los tebeos.

Yo me imagino a uno de estos personajes con delirios de grandeza en Santa Elena, haciendo cola, tímido, para probarse las botas, como en una versión marcial de la Cenicienta. De repente, el asombro general: la bota calza perfectamente. Y luego el bicornio, y la casaca -como en muchas películas y cuadros, en Santa Elena utilizan el uniforme azul de la Guardia; en realidad, Napoleón prefería el verde los chasseurs à cheval-. Luego, el loco echaría a andar solo, erguido y displicente, la mano dentro de la guerrera. Se subiría a una roca desde la que contemplar la lejanía en el Atlántico, iluminado por la luz lateral del poniente. La multitud dejaría escapar un murmullo, en parte de admiración y en parte de temor. Y un año después, se publicaría en The Times la noticia de que la pequeña isla de Santa Elena vive bajo una dictadura y que ha declarado la guerra a Gran Bretaña. Y, más abajo, que la encargada de turismo de la isla ha sido cesada fulminantemente por las autoridades de la metrópoli.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista
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