Canteli, reductio ad Centrum


Como cualquier ovetense que siga un poco la política local, me hago cargo de que las cosas no son fáciles para ningún gobierno municipal, en estos tiempos. Los excesos del gabinismo que aún pagamos (en todos los sentidos) y los problemas de funcionamiento ordinario de un ayuntamiento debilitado durante años en sus instrumentos básicos de administración, se siguen notando. Las complejidades de la pluralidad política actual y el relevo al frente de la institución también inciden y es de entender que los recién llegados tengan su aterrizaje, en paralelo a nuestra acreditada paciencia. Pero lo que no me esperaba es que disfrutaríamos, en estos compases iniciales, de las singulares respuestas de nuestro alcalde, Alfredo Canteli, cada vez que le preguntan y surge de su ser una declaración espontánea para explicarnos cómo se hacía una cosa u otra en el Centro Asturiano, por comparación a lo que sucede o quiere que cambie en el ayuntamiento. Así, nos ha ilustrado sobre el modo en que en el Centro él ordenaba que se arreglase tal o cual desperfecto y, como por ensalmo, la cosa se hacía. O como nadie se molestaba por las reinas de las fiestas ni venía con lo que él cree zarandajas -no lo dirá así, aunque lo piense, ya que al menos es educado- sobre la cosificación de la mujer. El nuevo patrón de medida universal de la gestión política local es lo que se decidía o se ejecutaba en el Centro, y no sé por qué las organizaciones de estandarización no se ponen al hilo a tomar la referencia. Ya estoy esperando una norma ISO, un dictamen del Comité de las Regiones o una directriz de la FEMP, qué menos, sobre las buenas prácticas que hay que seguir con ese espejo del Centro, que no era tan difícil, al fin y al cabo.

Lo malo es que una buena parte de la ciudadanía no se puede permitir formar parte de un club privado, por muy respetable que sea; o, sencillamente, no tiene interés en ello. A fin de cuentas, contamos con dotaciones deportivas públicas y lugares de esparcimiento razonablemente buenos, hay quien jamás pertenecería a un club que le admitiese como socio (Groucho dixit) y mezclarse en la diversidad de la calle y no en entornos con vocación selecta tiene sus escondidos alicientes. Así que, realmente, algunos no sabemos de qué milagro de gestión nos habla y, lo siento, tampoco nos interesa mucho ni vemos el sentido a la insistente extrapolación. Es verdad que la derecha ovetense, siempre tan exclusiva, considera la dirigencia de esta clase de entidades un distintivo más relevante que otros méritos y trampolín para el ayuntamiento; no en vano ya lo hicieron con Luis Riera Posada (que también fue presidente del Centro hasta llegar a la Alcaldía, en 1979) e incluso sonaba para encabezar la lista municipal del PP, antes que Canteli, el expresidente del Club de Tenis de Oviedo, Fernando Fernández Ladreda, concejal en el pasado mandato. Pero dirimir si cambiamos la tapicería de los sofás, innovamos en el ponche o en la carta del restaurante o subimos o bajamos las cuotas para un nuevo gimnasio, no se parece demasiado al liderazgo en la compleja vida de un ayuntamiento en crisis. Entre otras cosas porque -nada, una menudencia- el procedimiento, la sujeción a las limitaciones administrativas y las normas de ejecución presupuestaria (todo ello emanaciones de la ley democráticamente adoptada, a la postre) mandan más que un alcalde, por muy expresidente de uno u otro club que sea.

Una ciudad a medio hacer -o medio deshecha, en La Vega o en El Cristo-Buenavista- que ha perdido, pese a los avisos, muchos trenes de modernización económica viviendo de las rentas de su condición de capitalidad administrativa, que sufre una nociva aversión a entrar en colaboración leal con el resto del Área Central y con otras administraciones, que tiene dificultades de gestión endémicas y que necesita liderazgo público para espabilar, no se puede permitir una Alcaldía con el reloj parado, embebida en un pequeño mundo mirado desde el prisma de las manías de casino decimonónico. No dudo que Canteli, El Deseado, tan largamente, por la derecha local (que le tiró los tejos durante muchos años) todavía tiene mucho mandato por delante y, por el bien de la ciudad, ojalá sea capaz de hacer las cosas mejor y dejar el listón alto. Tendrá que empezar por darse cuenta, de una vez por todas, del sillón que ocupa, que no es para la figuración. De momento, su simpática reductio ad Centrum pone los pelos de punta.

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