No puedo con las frikadas de Melendi


Esa naturalidad falsa, tan impostada. Ese aire de campeón, el gracioso de la clase. Hay algo en Melendi que no me creo. Que me perdone su legión de fans. Los fervorosos, como aman tanto, odiarán a los que discrepan de su ídolo. Melendi, él mismo lo reconoce en entrevistas, no tiene ni idea de cantar. Es el rey de desafinar. Pero vive de la música, sobre todo de hacer caja con su papel en las teles. Asentado está en el reino español del famoseo, a un nivel que en realidad le daría igual sacar otro disco. Como lo suyo no es cantar -insisto que lo repite él- se dedica a las frikadas. Dejemos el cristo del avión en una nube, aunque sus compañeros de vuelo hacia Cancún que tuvieron que dar la vuelta por su estado de copas seguro que aún están de resaca. Esa gracia explosiva con la que hace de jurado padrino en los concursos de críos está en la resbaladiza frontera entre lo sublime y lo ridículo. La última frikada de Melendi, Ramón para los amigos y para la boda, fue el casamiento movedizo de este finde. Primero se casaba el sábado. Luego saltó en las redes, Melendi es una figura de ellas, que no se casaba en el último minuto. Aunque viniendo de él o de su entorno, qué gran concepto el del entorno, estaba nítido que la boda llegaría y llegó el domingo, porque era el Día de Asturias. O más bien porque le dio la gana y le encantó estar en los teclados digitales dos días. Al final se casó con 40 años con su tercera pareja, con la que tiene dos niñas. Hay otros dos hijos de dos parejas anteriores. Él ha confesado que la estabilidad no es lo suyo. Que logró gustarse a sí mismo gracias al psicoanálisis. Me da que a Melendi le encantan sus frikadas, ir de artista torturado que quemó las noches y las confundió con los días. Su arte tiene cimas que no me gusta pisar. Título de un disco: Lágrimas desordenadas. Título de una canción: Flores de agua y plomo. Lírica high tech. Cuestión de gustos o disgustos. Me recuerda a aquel grupo maño que deseabas que hiciese honor a su hombre: Héroes del silencio. Como carbayón, ese himno del Ovieu tenía que haber sido su retirada: «Me he cortado y mi sangre sale azul».

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